Asociación por la Unidad de Nuestra América

 

 

Mensaje de AUNA México a la VII Cumbre Iberoamericana

México, octubre de 1997

 

El tema de Los Valores Eticos de la Democracia, considerado central de la VII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, está vinculado en forma indisoluble en nuestros días a otro fundamental: el de la integración y la unidad de Nuestra América. Algunos creen que ambos son hoy una utopía, pero ante los profundos cambios del mundo de nuestros días son más bien una necesidad histórica. Sabemos que la democracia no es un asunto sencillo que los gobiernos puedan resolver en forma unilateral, como no lo es el de la integración; ambos representan un complejo y largo proceso que reclama la activa y conciente participación de la sociedad.

Los valores éticos de la democracia comprenden -como lo saben los jefes de Estado y de Gobierno asistentes a la Cumbre- diversos aspectos tales como la defensa y garantía de los derechos humanos, la institucionalidad de la democracia, la lucha contra el flagelo de la corrupción, la transparencia electoral, la correcta administración de la justicia y el derecho a la información veraz mediante la garantía del acceso a los archivos sede del patrimonio cultural de nuestras naciones, entre otras cosas. La integración por otra parte, no es algo que sólo tenga que ver con el comercio y la economía. Involucra, como la propia democracia, aspectos sociales, culturales, jurídicos, éticos y políticos, a menudo incluso más importantes. Precisamente por ello no debe verse de manera lineal y aislada, como si al margen del desarrollo pudieran consolidarse la democracia y resolverse nuestros problemas. Integración, democracia y desarrollo son, en realidad, inseparables, y por eso también problemas como el de la deuda externa y su oneroso servicio, aumentar el ahorro y convertir una parte mayor del excedente en inversión productiva, regular los movimientos financieros y ampliar tanto la producción como el mercado interno y la exportación de bienes y servicios de más alto valor agregado, son muy importantes para utilizar mejor el potencial de recursos a nuestro alcance y sentar así las bases de una democracia plena.

Pero la integración por sí misma reclama acciones conjuntas -y concretas- a nivel internacional, así como un cohesionamiento interno de cada país. Ambos son necesarios para elevar el nivel de ingreso de regiones atrasadas, sectores sociales rezagados, comunidades marginadas y pobres, y actividades y formas de organización ineficientes. Para incorporar, por ejemplo, nuevas tecnologías y mejores métodos de producción y distribución, es preciso preparar con rapidez, en escuelas y en los centros mismos de trabajo, a millones de jóvenes, hombres y mujeres; aun así no sería fácil crear suficientes empleos, y ello sin ignorar los justos reclamos de la mujer, los jóvenes, los pueblos indios, los trabajadores migratorios o los desempleados que demandan atención a sus problemas, para poder vivir dignamente y aportar a la sociedad su esfuerzo e iniciativa.

Incluso el intento de integrarnos regionalmente, como se sabe, no es nuevo. La ALALC desde 1960 y el Mercado Común Centroamericano (MCCA) desde 1958 arrancan desde principios de los años sesenta. El Pacto Andino, la ALADI, el Mercosur, el SELA, el TLC y el proyecto de integración de El Caribe son más recientes y también importantes. Tales mecanismos no son rígidos, y seguramente sufrirán cambios, sobre todo si la experiencia demuestra que sus frutos no son los esperados y que las ventajas se concentran en los países más fuertes. Pero, sin menospreciar lo hecho hasta aquí, parece claro que ni la integración ni el desarrollo podrá lograrse tan sólo a partir de zonas de libre comercio y de la acción espontánea del mercado; se requiere más bien una política y una estrategia de largo alcance que definan el rumbo y las metas, y ayuden a contar con los medios para alcanzarlas. Y lo más deseable es que éstos no sean sólo los propios sino los que permita una genuina cooperación internacional, en el marco de un nuevo orden mundial menos excluyente e inequitativo que el actual. La integración regional no significa aislamiento. Es, sobre todo, una manera de lograr una mejor inserción en un complejo y cambiante escenario internacional, que servirá también para que nos acerquemos más a España, Portugal y la Unión Europea, para que estos países estrechen y enriquezcan su relación con Nuestra América.

El sustento de los valores éticos de la democracia implica a la vez un componente decisivo: el cultural, que tiene hoy mayor importancia de lo que se supone. En él están en juego valores y principios esenciales, tradiciones, factores que pueden debilitar y también fortalecer y afirmar nuestra identidad; la educación, preparación y adiestramiento de una nueva fuerza laboral, e incluso la necesidad de cobrar conciencia acerca de los más graves problemas y su posible solución y aun forjar una nueva cultura ciudadana participativa que exprese el libre ejercicio y el respeto a los derechos humanos, así como una mayor capacidad para tomar parte en las decisiones fundamentales.

La cultura debe ser igualmente un medio y una expresión para la paz, la convivencia y la colaboración fraterna entre nuestros países. Una cultura que lleve un mensaje de paz como forma de vida interna para facilitar el ejercicio de la democracia y el acceso al desarrollo. Una cultura de paz que permita unir los esfuerzos al proceso de integración y unidad latinoamericana, a fin de fortalecer nuestra identidad y hacer prevalecer nuestros valores y manera de concebir al mundo. Cultura de paz y paz en nuestras mutuas relaciones, son entonces requisitos indispensables del ejercicio de la democracia y de la búsqueda de la integración y la unidad necesarias para mantener una vida soberana en el mundo de hoy.

A menudo se reitera que vivimos en el mundo y en la época de la información, la comunicación y el conocimiento; mas lo cierto es que si bien los avances en esos campos son espectaculares, paradójicamente seguimos aislados, desconociéndonos unos a los otros, en gran medida sin acceso a los más modernos medios y a una información sistemática que nos ayude a saber lo que acontece y lo que, ante ello, podemos hacer. La información y el conocimiento son en verdad esenciales para desenvolverse y actuar en una sociedad genuinamente democrática; pero todavía muchos carecen de ellos, y una minoría, que suele ser muy poderosa, los concentra y vuelve a menudo centros monopolistas, fuente de privilegios y objeto de manipulación. El periodismo -cuando se ejerce con responsabilidad social y ética, y desde luego con la activa participación de los periodistas-, contribuye al desarrollo democrático y, sin menoscabo de la soberanía nacional puede sensibilizar a la población para su acercamiento con pueblos hermanados por un destino histórico y problemas semejantes.

En el intento por fortalecer la democracia, nuestros gobiernos deben avanzar hacia la preservación y desarrollo de la cultura común en un subcontinente con más de cuarenta millones de indígenas, con culturas vivas al cabo de más de cinco siglos de choque e interacción con la cultura europea. Las legislaciones nacionales, sin afectar la libertad de expresión para una información veraz -al contrario, ampliándola de este modo- deben estimular una comunicación no excluyente, pluricultural y democrática.

Tanto se habla en nuestros días de la democracia como de la integración, pero es todavía muy poco lo que hemos hecho, en cada país y en el conjunto de la región, para lograr ambas. El siglo XXI, que está por abrirse, plantea retos ineludibles y a la vez posibilidades de avance. Los hechos dirán si seguimos dispersos y débiles o si, pese a múltiples dificultades somos capaces de que la integración, el desarrollo económico pleno, la unidad y la cooperación internacional nos permitan alcanzar esos valores éticos de la democracia para vivir mejor, y a Nuestra América hacer un mayor aporte al progreso de la humanidad toda.

De nuestros pueblos, o sea de nosotros mismos y de lo que hagamos, depende en gran parte la respuesta.

 

Por el Consejo Coordinador de AUNA México:

ALONSO AGUILAR MONTEVERDE (investigador), LAURA BOLAÑOS (periodista), CUAUHTEMOC CARDENAS SOLORZANO (Jefe de Gobierno de la ciudad de México), FERNANDO CARMONA (economista), MIGUEL CONCHA (religioso), GERARDO GIL VALDIVIA (directivo empresarial), JESUS GONZALEZ SCHMAL (dirigente político), LUIS GONZALEZ SOUZA (internacionalista), MIGUEL A. GRANADOS CHAPA (periodista), BERTHA LUJAN (organismos civiles), DAVID MARQUEZ AYALA (economista), LUIS SUAREZ (periodista), ELENA URRUTIA (académica), ABELARDO VILLEGAS (filósofo).

Por el Consejo Consultivo de AUNA México:                     

MIGUEL ALVAREZ (organismos civiles), OSCAR ALZAGA (abogado), ANGEL BASSOLS BATALLA (geógrafo), BERNARDO BATIZ (dirigente político), ALBERTO BELTRAN (periodista), VICTOR FLORES OLEA (internacionalista), RODOLFO GONZALEZ GUEVARA (dirigente político), RICARDO GOVELA AUTREY (organismos civiles), CARLOS HEREDIA (diputado), EMILIO KRIEGER (jurista), HORACIO LABASTIDA (historiador), FERNANDO PAZ SANCHEZ (economista, funcionario), GUADALUPE RIVERA MARIN (investigadora, funcionaria), AMALIA SOLORZANO DE CARDENAS (organismos civiles), ALFREDO ZALCE (pintor), LEOPOLDO ZEA (filósofo).

Otros Miembros de AUNA México que suscriben el mensaje:

GLORIA ABELLA (periodista), GUADALUPE ACEVEDO (académica), ARTURO ALCALDE (abogado), ENRIQUE ANDRADE ALCOCER (economista), SOL ARGUEDAS (académica), GRACIELA ARROYO (internacionalista), VICTOR BATTA (periodista), LAURA BECERRA (antropóloga), RAUL BENITEZ ZENTENO (demógrafo), JUAN M. BUENO SORIA (consultor ambiental), JESUS CAMPOS LINAS (abogado), Horacio Cerrutti (académico), ANA MARIA CETTO (física), ATLANTIDA COLL (geógrafa), SANTIAGO CREEL (diputado), MARCOS CRESTANI (investigador), ROBERTO DAVILA (economista y funcionario), LUIS DE LA PEÑA (físico), SERGIO DE LA PEÑA (académico), CESAR DELGADO BALLESTEROS (sociólogo), ALFREDO DOMINGUEZ (dirigente sindical), JORGE FONS (cineasta), PATRICIA GALEANA (funcionaria), Carmen Galindo (periodista y profesora universitaria), MAGDALENA GALINDO (economista y periodista), ARTURO GARCIA BUSTOS (pintor), LAMBERTO GARCIA ZAPATA (abogado), JULIAN GASCON MERCADO (médico), AIDA M. GOMEZ R. (contadora pública), SILVIA GOMEZ TAGLE (académica), JAIME GONZALEZ (empresario), JUAN F. GONZALEZ (publicista), OSCAR GONZALEZ CESAR (diplomático), JESUS HERNANDEZ GARIBAY (psicólogo), ALFONSO HERRERA FRANYUTTI (historiador), CLARA JUSIDMAN (consultora), JOSE LUIS LEON (académico), ANA MARIÑO (economista), GASTON MARTINEZ RIVERA (académico), JORGE MELENDEZ (periodista), RICARDO MENDEZ SILVA (jurista), JOSEFINA MORALES (académica), BERNARDO A. MUÑOZ RIVEROHL (psicólogo), MARGARITA NOLASCO (antropóloga), ENRIQUE OLIVARES (investigador), ISAAC PALACIOS (economista), ANA FRANCISCA PALOMERA (trabajadora social), MANUEL PEIMBERT (astrónomo), OLGA PELLICER (embajadora), RUFINO PERDOMO (académico), IRMA PORTOS (economista), VICTOR QUINTANA (organismos civiles), FANNY RABEL (pintora), BERENICE RAMIREZ (académica), GLORIA RAMIREZ (derechos humanos), HECTOR REYES LARA (académico), MARIA ESTHELA RIOS (abogada), MARIA ELENA RODRIGUEZ OZAN (académica), SALVADOR RODRIGUEZ Y RODRIGUEZ (economista), HECTOR ROLDAN (ingeniero), ADALBERTO SANTANA HERNANDEZ (investigador), JOHN SAXE-FERNANDEZ (internacionalista), MARTHA TAMAYO (organismos culturales), CARLOS TOPETE (arquitecto), ELIO VILLASEÑOR (organismos civiles).

Consultores Especiales de AUNA México en Asuntos Latinoamericanos:

SERGIO BAGU (Argentina), JOSE LUIS BALCARCEL (Guatemala), MERCEDES DURAND (El Salvador), JAIME ESTAY (Chile), ALFREDO GUERRA-BORGES (Guatemala), LILIAM JIMENEZ (El Salvador), RINA LAZO (Guatemala), MARIO MIRANDA (Bolivia), FRIDA MODAK (Chile),  ARNALDO ORFILA REYNAL (Argentina), Jorge Turner (Panamá).

 

 

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