Asociación por la Unidad de Nuestra América

 

 

Los Cambios en el Trabajo y la Producción

 

Marcos Crestani

 

En esta segunda sesión del Seminario el Papel de los Trabajadores en la Integración de América Latina y el Caribe, participarán como ponentes los compañeros José Luis Vega, Secretario General de la Federación Sindical Revolucionaria (FSR) y Presidente de Relaciones Exteriores del Consejo Nacional de Trabajadores (CNT), y Jorge Herrera Ireta, miembro del Comité Central del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME). Yo soy Marcos Crestani, miembro de AUNA-México y actuaré como moderador. Y si ustedes me permiten, antes de dar la palabra a los ponentes quisiera hacer algunas reflexiones introductorias que espero sean pertinentes y útiles.

La importancia de este Seminario radica en que puede ayudarnos a comprender los cambios que hoy ocurren y que abren una nueva fase histórica de profundas transformaciones en la organización de la sociedad, que afecta especialmente a los trabajadores, aun si ello significa añadir a los añejos problemas no resueltos otros nuevos. Las interpretaciones y respuestas a esa nueva situación van desde aquellas que ofrecen como solución la libertad irrestricta del capital hasta las que proponen el retorno a formas anteriores del desarrollo social y a viejas políticas liberales.

El examen por parte de los trabajadores de los cambios que se han registrado es muy importante porque les permite conocer de cerca los nuevos problemas y abre la posibilidad de cobrar conciencia de que solos y aislados será imposible influir en el curso del proceso histórico. El conocimiento, análisis y comprensión de esos cambios les permitirá, junto con otros segmentos sociales, forjar respuestas que, en muchos casos aún no se tienen. Por eso puede ser útil exponer algunas ideas sobre los cambios habidos hasta ahora.

La internacionalización del capital, de la producción, del trabajo, de la tecnología, los mercados, las comunicaciones, el conocimiento, la educación, el papel del Estado, el funcionamiento de los organismos internacionales, etc., los interrelaciona y sintetiza en una cultura y organización social nueva, que se desenvuelve de manera desigual y no exenta de contradicciones.

En la reorganización de la producción tiene un papel determinante un número muy reducido de grandes empresas trasnacionales que, en la competencia mundial por la ganancia ponen en primer plano la búsqueda de la eficiencia y expresan los problemas de la acumulación de capital.

Son esas empresas las que en buena medida sustentan el desarrollo y definen su orientación y su curso, las dimensiones de la internacionalización y los cambios en las formas de producción y de organización del trabajo; y su reestructuración y modernización descansan en la introducción de nuevos métodos de producción y nuevas técnicas de organización y gestión.

De manera esquemática puede decirse que los principales cambios que se advierten en las grandes empresas son los que siguen: el concepto de empresa es diferente; su organización no es ya la integración vertical y de producción masiva en planta, sino que tiende a ser horizontal y en red. La competencia internacional ha vuelto obsoletas las formas previas de producción y organización. La búsqueda de racionalidad interna para abatir costos y elevar ganancias se expresa en la reestructuración y tiene como eje el control del proceso productivo en su conjunto.

Una tendencia característica de esta nueva forma de organización es el llamado “downsizing” o carrera hacia abajo, que fundamentalmente consiste en reducir costos vía menores inventarios, más bajos salarios, menos activos fijos, menor burocracia, menos gastos indirectos, subfacturación y cierta descentralización operativa.

Característica fundamental de la estrategia de las trasnacionales es concentrar en sus países de origen la dirección de la información y el conocimiento, el desarrollo de nuevos procesos y productos y la introducción de nuevas tecnologías, al mismo tiempo que descentralizan la producción, trasladándola a otros países y regiones que ofrezcan mejores posibilidades de rentabilidad.

La estructura de esas empresas, en vez de ser rígida y vertical, hoy es flexible y les permite adaptarse a los cambios que imponen el mercado y la competencia mundial, articulándose a partir  de la autonomía relativa de las empresas en red, sustentada en la relación “cliente-proveedor” y “servicio al cliente”, donde se aplica el método conocido como “outsourcing”, en el que algunas funciones quedan fuera de la estructura central de la empresa y se atienden por otras, ligadas a ella.

Anteriormente, los activos físicos eran determinantes. Ahora, en cambio, el control de la información y el conocimiento es lo fundamental.

La formación y capacitación de la fuerza de trabajo son muy importantes, debido a los cambios continuos  y acelerados en procesos, productos, tecnología, métodos de producción y necesidad de elevar la productividad.

La producción responde a las condiciones fijadas por la competencia mundial, donde los mercados nacionales quedan insertos y la producción se fragmenta, trasladándose partes y fases del proceso productivo, en general de baja intensidad tecnológica.

La reorganización de la producción y del trabajo cuestionan al taylorismo-fordismo, que supone al trabajador como una máquina y fragmenta las fases del trabajo en tareas simples, métodos de trabajo sencillos y estandarizados, con una supervisión vertical sistemática y rigurosa. Todo lo cual culmina en una cultura cuyo signo dominante es la alienación, donde el trabajo aparece como un valor permanente e intemporal ajeno al hombre, y establece como único vínculo entre ambos el pago de un salario.

El taylorismo-fordismo facilitó al empresario el proceso de acumulación y concentración de capital al utilizar mejor la capacidad instalada, aumentar el ritmo de producción, reducir tiempos muertos, elevar la productividad, “racionalizar” la relación hombre-máquina, y a menudo, intensificar la jornada de trabajo.

En general, las demandas laborales se plasmaron en el reconocimiento de ciertos derechos –duración de la jornada, servicios sociales, jubilación y pensiones, empleo estable, etc.–, y los ajustes quedaron sujetos a la negociación entre el capital y los trabajadores, y al llegar a una acuerdo éste se recogió en los contratos colectivos de trabajo y en reglamentos interiores. La regulación y solución de los conflictos sociales se realizaron a través del Estado, de las empresas y los sindicatos, y ello legitimó la forma de las relaciones sociales y estableció un marco de referencia para resolver los conflictos.

El sindicato como trabajador colectivo asume una forma de organización que reflejó la verticalidad de la empresa, la producción y el trabajo, que por una parte se convirtió en una necesidad de la empresa para racionalizar el trabajo y programar su producción, y por la otra conservó su carácter de instrumento de lucha y defensa de los intereses de los trabajadores. Situación que evolucionó hacia una cultura del trabajo, y en el marco del “Estado benefactor”, y de una relativa estabilidad económica y política, el capital y el trabajo aceptaron su burocratización, sentando así las bases de una relación Estado-Sindicatos en la que éstos cedieron autonomía a cambio de cierta influencia en la política social del Estado, que fortaleció su control sobre los trabajadores, al mismo tiempo que llevó a una creciente alineación, y la estructura jerárquica de dirección vertical significó una menor vida sindical colectiva.

Hoy, en el marco de la crisis, la transformación de la empresa, de la producción y el trabajo rompen con una cultura socio-hostórica del trabajo alienado, fundada en los principios del taylorismo-fordismo, por considerarla un obstáculo al incremento de la productividad y sobre todo de la tasa de ganancia.

La nueva forma de organización de la producción y el trabajo se concreta en el concepto de trabajo flexible que permita la movilización del trabajador dentro del proceso productivo (trabajo polivalente o multitareas), lo que vuelve necesario conocer mejor el proceso productivo que impulsa el trabajo en equipo y la solución de los problemas en la línea de producción en planta y coadyuva a mejorar sus procesos, organización que requiere de una reglamentación y supervisión menos rígidas y por ello se orienta a sustituir la estructura de mando vertical por otra más horizontal con una relación más estrecha entre la dirección y el trabajo directo.

Para las empresas conviene que el trabajo sea temporal y esté condicionado por los movimientos del mercado y su reestructuración y modernización constante. Se dice que el trabajo temporal da mayor libertad al individuo para cambiar de ocupación y obtener un mejor empleo e ingreso condicionado a la productividad.

Se introduce la competencia entre los trabajadores al mismo tiempo que se impulsa de forma contradictoria la corresponsabilidad del trabajador en el buen funcionamiento de la empresa; se fomenta el trabajo flexible y en equipo donde el desarrollo de la iniciativa personal y colectiva se estimula por un mayor conocimiento especialmente en algunas fases del proceso productivo, con lo cual se logra la movilidad de la fuerza de trabajo.

Ello plantea una nueva forma de explotación difícil de precisar, ya que se pretende superar la enajenación del trabajo reconociendo principios como aceptar al trabajo como la realización del hombre (limitada al ámbito de la empresa), lo cual no está exento de contradicciones pues la productividad no puede ser medida por trabajador sino colectivamente por la rentabilidad de cada unidad productiva y con métodos como el análisis por resultados o por objetivos, y por otra parte la capacitación presenta dificultades no fáciles de resolver pues está sujeta a condiciones  tales como la capacitación específica de acuerdo a los procesos productivos y de trabajo particulares de una empresa, de la ubicación del trabajador y la experiencia que éste haya adquirido.

El desarrollo de esta transformación es desde luego desigual y no exento de contradicciones, avances y retrocesos; está sujeto a factores sociales como el papel del Estado, la cultura empresarial y del trabajador y sus organismos sociales, así como el tamaño de las empresas y su inserción o no en la estructura de los sistemas de proveedores.

La concepción dominante considera que la inversión de capital extranjero y la transformación productiva de las grandes empresas son indispensables para que nuestros países superen el subdesarrollo. Los hechos demuestran que en realidad lo agudizan y adquiere nuevas y más complejas formas, (ejemplo de esto son las casi nulas inversiones que implican conocimiento y tecnologías de punta que mantienen bajo su control y en gran medida en sus propios países de origen). En México la inversión en investigación y desarrollo, que en lo fundamental es inversión pública, sólo representa el 0.25% del PIB.

Entre las consecuencias sociales de mayor importancia del cambio en la estructura de la producción están: el cuestionar la concepción misma de lo que es el trabajo y el trabajador, y con ello la concepción solidaria del trabajo y los derechos sociales y limitar el papel de los organismos sociales de los trabajadores.

Las nuevas formas de organización y gestión y la tecnología, hacen que el conocimiento e información de los procesos productivos y de trabajo se concentre cada vez más en áreas especializadas que requieren menos trabajadores pero más calificados, estén dentro o fuera de la empresa, con lo cual cambia el perfil del trabajo y el trabajador.

Se reduce la fuerza de trabajo necesaria en la economía formal y aumenta la productividad por hombre; el trabajador con empleo formal, estable y permanente tiende a reducir su número; desaparecen empleos tradicionales y surgen otros nuevos con mayor formación y calificación sujetos a una capacitación constante.

Ante la creciente incapacidad de la economía para dar empleo formal y estable, se incrementa el número de trabajadores con empleo eventual, temporal, de bajos ingresos, sin protección social, con alta rotación, fácilmente sustituible, sin organización y migratorio, donde se expresa de manera incipiente y contradictoria la pérdida de identidad social.

La llamada economía informal se vuelve un fenómeno de dimensión inédita, que se integra al sistema social y económico en muchos planos; se convierte en una nueva forma permanente de desempleo, subempleo y empleo masivo de fuerza de trabajo con o sin calificación, que da origen a una estructura social y económica muy compleja.

Crea formas de organización social propias que tienen poco o nada que ver con las organizaciones tradicionales, sus relaciones con partidos y sindicatos son imprecisas, establecen relaciones directas con el gobierno en función de problemas e intereses concretos, y de manera incipiente desarrollan prácticas de apoyo mutuo y solidario.

La reorganización de la producción y las nuevas formas y métodos de organizar el trabajo son un fenómeno mundial que genera nuevas condiciones de vida y trabajo y que reclaman la respuesta de los trabajadores y sus organismos sociales. Estos no pueden limitarse a formas de organización y de lucha que correspondieron a una fase anterior que los fragmentó y aisló. Es indispensable forjar nuevas formas que permitan en especial a los trabajadores influir en la orientación, el curso y la dirección de esos cambios y crear así las condiciones para un mundo mejor. Para ello es necesario romper la fragmentación y el aislamiento en sus luchas, y es determinante la alianza a escala nacional y latinoamericana e internacional con otras fuerzas sociales.

 

Autores Varios (2001), Los Trabajadores y la Integración de América Latina y el Caribe, AUNA México.

 

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