Asociación por la Unidad de Nuestra América

 

 

La Integración Latinoamericana y el Movimiento

de los Trabajadores

José Merced González

 

La CLAT nació con una clara vocación Integracionista

El 8 de Diciembre de 1954, en Santiago de Chile, se constituyó la Central Latinoamericana de Trabajadores (CLAT), con la denominación de Confederación Latinoamericana de Sindicatos Cristianos.

Ya desde su Congreso Constitutivo quedó claramente evidenciado que la CLAT nació con la clara e irreversible vocación latinoamericanista, con una misión histórica, con una tarea que forma parte sustantiva de las aspiraciones, de las necesidades y de los signos de los tiempos en esta época de la historia, de los trabajadores y de los pueblos latinoamericanos: Construir a base del esfuerzo constante y del aporte original del Movimiento de los Trabajadores la unidad económica, social, cultural y política de América Latina como base indispensable para hacer emerger ante el conjunto de las naciones del mundo, la Patria Grande de América Latina, es decir, la Comunidad Latinoamericana de Naciones (CLAN).

 

En su devenir histórico la CLAT ha ido elaborando toda una Doctrina de la Integración Latinoamericana

Son múltiples e incontables los documentos y declaraciones ha través de los cuales la CLAT ha ido elaborando esa teoría, esa doctrina propia de la integración latinoamericana.

Ya su denominación inicial, el calificativo “latinoamericana” de las siglas CLASC, adoptado por el Congreso Constitutivo, expresaba que la CLAT era latinoamericanista no sólo porque afiliaba a organizaciones de trabajadores de la región latinoamericana, sino también y fundamentalmente, porque se planteaba como uno de sus objetivos históricos la lucha por la construcción de la Patria Grande Latinoamericana, es decir, “para hacer de 22 Repúblicas aisladas y diversos territorios todavía sometidos al dominio del colonialismo, que se han ido atomizando en su impotencia, ... una sola y gran patria latinoamericana”.

El II Congreso realizado en Santiago de Chile, en 1957, contiene acuerdos y resoluciones reivindicando la participación de la CLASC/CLAT en los organismos internacionales continentales, (la OEA por ejemplo) para hacer sentir la presencia latinoamericanista dentro de los mismos y sobre la necesidad de crear un mercado común latinoamericano de materiales para la construcción.

En el III Congreso realizado en Quito, Ecuador, en Noviembre de 1959, ya se adoptan acuerdos y posiciones sobre  la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) y sobre la necesidad de promover y constituir el Mercado Común Latinoamericano.  Asimismo, este Congreso acordó promover la creación de empresas latinoamericanas del petróleo y de la energía atómica.

En el IV Congreso realizado en Los Caracas, Venezuela, en Noviembre de 1962, hay ya en forma oficial y desarrollada toda una serie de planteamientos y acuerdos en relación con la necesidad impostergable de luchar por la integración latinoamericana como un elemento indispensable de, y en la lucha revolucionaria de los trabajadores latinoamericanos.

Pero es en Marzo de 1964 en el Consejo Continental de la CLASC realizado en Río de Janeiro, Brasil, donde se acuerda el documento oficial denominado:  “La Carta de Río:  Los trabajadores y la Unidad de América Latina”, que es como la “Carta Magna” de la CLAT en materia de integración latinoamericana.

Desde “La Carta de Río” hasta el presente XI Congreso, la CLAT ha continuado fijando posiciones y haciendo propuestas en materia de integración y unidad latinoamericana.  “La Marcha de la Patria Grande Latinoamericana”, del 1º de Mayo de 1965 y “La Carta de los Trabajadores para la Liberación y la Unidad de los Pueblos de América Latina”, acordada por la 1ª Conferencia Sindical para el Desarrollo e Integración de América Latina realizada en Santo Domingo, República Dominicana, en Mayo de 1968, constituyen documentos básicos de la CLAT en esta materia.

A partir de este año se multiplican los eventos para elaborar y fijar las posiciones de la CLAT sobre integración:  Seminarios, Consejos subregionales, Conferencias Latinoamericanas y Consejos y Congresos  Latinoamericanos elaboran y producen posiciones tanto sobre aspectos generales como específicos y coyunturales  en materia de integración:  Los últimos documentos:  “Comunidad Latinoamericana o Iniciativa para las Américas ¿Alternativa o Destino?, resultante de la Conferencia Latinoamericana sobre el mismo tema realizada en la Ciudad de México en el mes de Noviembre de 1991 y “Comunidad Latinoamericana o Tratado de Libre Comercio”, resultante de la Conferencia Internacional sobre el mismo tema realizada en Brasilia en Agosto de 1995, son dignos de mencionarse en este aspecto.

Muy especialmente debemos citar los acuerdos asumidos por el XXIV Consejo Latinoamericano realizado en Santiago de Chile en Noviembre de 1995, cuyo tema central fue “La Integración Latinoamericana:  Desafíos y Esperanzas”, cuyo documento final es un referente en el proceso de elaboración hacia el XI Congreso.

Es necesario mencionar en forma particular el IX Congreso de la CLAT, realizado en Mar del Plata, Argentina, en 1987, cuyo tema central:  “Democracia, Desarrollo e Integración” concluyó afirmando que no hay desarrollo integral sin democracia real y sin integración; que no hay ni habrá democracia real si no existe simultáneamente desarrollo integral e integración latinoamericana y que la integración latinoamericana es y debe ser causa y consecuencia del desarrollo integral y de la existencia de regímenes realmente democráticos.

En éstos y otros documentos se puede apreciar cómo la CLAT en el transcurso de su devenir histórico, ha ido elaborando a través de sus organismos de decisión y deliberación, y de mecanismos de reflexión-elaboración, toda una doctrina de la integración y de la unidad de América Latina, una doctrina que contiene no sólo la concepción de cómo debe ser la integración latinoamericana desde las  perspectivas de los trabajadores, sino también para qué debe servir y por qué es necesario y vale la pena luchar por su realización.

Esta doctrina la resume en forma muy clara el inciso f) del artículo 8º de los Estatutos de la CLAT, que establece entre los fines de ésta, el de “Fomentar, vigilar y orientar en todos los trabajadores de las organizaciones afiliadas, la formación de una profunda conciencia revolucionaria y latinoamericana y una correspondiente y adecuada acción, teniendo en cuenta y respetando los diferentes contextos y coyunturas nacionales”.

 

La CLAT también ha diseñado políticas, estrategias, mecanismos y estructuras propias para la integración

Una de las políticas más claramente definidas por la CLAT en materia de integración latinoamericana, es el rechazo a los modelos de integración economicista y panamericanista que se han tratado de implementar en América Latina.  Pero la CLAT no sólo ha asumido una actitud de denuncia y de rechazo, es decir, no sólo se ha preocupado de denunciar y de combatir la integración que no quiere, sino que también ha adoptado una actitud constructiva y responsable:  Definir su propio modelo de integración y contribuir a la conformación de un modelo con instituciones, mecanismos y estructuras democráticas y representativas de todos los actores sociales y en función de los objetivos de nuestros pueblos.

Consciente de que toda doctrina  y toda estrategia sólo son viables cuando existen instrumentos organizativos responsabilizados de llevarlas a cabo, la CLAT ha ido constituyendo mecanismos organizativos que faciliten la participación activa, sistemática y conflictual en los organismos oficiales de la integración latinoamericana, a fin de hacer sentir no sólo la opinión sino el peso de la clase trabajadora latinoamericana organizada.

 

Al final del siglo XX la CLAT ratifica su posición  histórica y profundiza su pensamiento y estrategia en materia de integración latinoamericana

El XI Congreso de la CLAT realizado en las postrimerías del siglo XX, tuvo como fondo la disyuntiva que se plantea a los trabajadores y a los pueblos latinoamericanos de aceptar modelos de integración impuestos en función de intereses geoeconómicos y políticos externos o impulsar un proceso integrador que responda con coherencia y eficacia a las necesidades y aspiraciones de nuestros pueblos.

Los intentos vinculados a la imposición unilateral del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), aunque se presente bajo diferentes modalidades, constituyen obstáculos en el proceso de constituir la Comunidad Latinoamericana de Naciones (CLAN).

Este hecho coloca nuevamente a la CLAT ante el desafío de ratificar, actualizar y profundizar las posiciones históricamente asumidas.

Con el TLC no sólo se está jugando el destino de los trabajadores mexicanos sino también el de los trabajadores y de los pueblos latinoamericanos.  México ha sido y es parte viva y sustancial de América Latina y debe seguir siéndolo.  Con la propuesta de constituir el Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA), se está jugando la identidad y el destino de los pueblos de la región latinoamericana.  Ante el entreguismo de ciertos sectores empresariales y de varios gobiernos y representantes de las instituciones políticas latinoamericanas, los trabajadores tenemos que dar la respuesta y asumir un puesto de vanguardia en la defensa de la “latinoamericanidad”.

 

LA NACIÓN LATINOAMERICANA: BASE Y FUNDAMENTO DE LA INTEGRACIÓN

El nacionalismo base y fundamento de la integración

Francis Fukuyama, en un artículo que escribió en el New York Times, después de anunciar la muerte de las  ideologías y el triunfo definitivo del pensamiento neoliberal, afirmó que los únicos obstáculos que existían para impedir que el pensamiento neoliberal se convirtiera en el pensamiento único de la humanidad, eran dos:  los fundamentalismos religiosos y los nacionalismos extremistas.

Sin negar que los nacionalismos extremistas efectivamente son negativos para el progreso humano y que, como dice el sociólogo español Recasens Siches, la exageración del concepto nación “puede llevar a una de las más funestas y mayores enfermedades sociales, el nacionalismo, el cual empezando por exaltar la nación a nivel de lo divino, acaba siempre por arruinarla irremisiblemente, por angostar sus horizontes y por caer en colisión inevitable con los intereses  auténticamente humanos”.

Pero también hay un nacionalismo sano, que a pesar de lo que afirman los neoliberales “globalizadores”, no desaparece con el Estado Nacional, sino que es capaz de recrearse en un nacionalismo de mayor alcance y de dimensiones continentales.

Creemos que este es el caso de la región latinoamericana donde existen o mejor dicho, coexisten, perdonando la redundancia, los nacionalismos “nacionales” junto con el nacionalismo latinoamericano y que es justamente éste el mayor y mejor fundamento de la integración latinoamericana.

 

El concepto de “nación”

Una primera aproximación a lo que es una nación es la que nos da Recasens Siches en su texto de sociología, cuando afirma que “La nación es una comunidad total, es decir, una comunidad donde se cumplen todas las funciones de la vida social, dotada de independencia, o por lo menos de una gran autonomía, dentro de la cual se desarrollan la conciencia de un mismo pasado, de una intensa solidaridad que abarca todos los aspectos de la vida y de un común destino en el presente y en el futuro”.

Por su parte Max Weber afirma que “por debajo de todas las realidades empíricas a las que suele dárseles el nombre de «nación» se destaca siempre un significado común: «la posesión por ciertos grupos humanos de un sentimiento específico de solidaridad interna frente a otros grupos humanos»”.

Hay que señalar que el concepto de nación y el consecuente “sentimiento nacional” tal como se le entiende hoy, es un hecho moderno y se presenta primeramente en la época moderna en Europa y sólo después, por virtud de haberse producido hechos similares, se presenta en otros continentes.  Ahora bien, esos desenvolvimientos no han sido ni con mucho simultáneos.

No cabe ya la menor duda que en los procesos de integración que están en marcha en América Latina y en el Caribe, se confrontan dos proyectos muy distintos y prácticamente incompatibles.

Hay un proyecto puramente economicista y que culminará en el año 2005 con el supermercado hemisférico desde Alaska a Tierra del Fuego en el marco de los objetivos, de la estrategia geoeconómica y geopolítica y de los tremendos intereses corporativos contenidos en la Iniciativa para las Américas del Presidente Bush y mejor explicitados en la Cumbre de Miami. Es la nueva versión, “moderna” y más sofisticada y tentadora del panamericanismo, de la Doctrina Monroe, actualizada para la postguerra fría.  Es la integración hegemonizada por el capital, más especialmente por el imperio de las finanzas, de los negocios, del mercantilismo, de la competitividad salvaje, del economicismo materialista, de las empresas globales que ya están emergiendo y serán las dominantes en el futuro inmediato.

El otro proyecto es de índole y alcances comunitarios que no se agota con la mera eliminación de aranceles o de trabas aduanales.  Su objetivo es constituir una comunidad de naciones relacionadas y unidas por lazos geográficos, históricos, religiosos y por un mismo destino y que deben integrarse sólidamente en el ámbito económico, comercial, social, político, cultural, ético y espiritual.  Su raíz está en el sueño de Bolívar y de los principales paladines de la independencia política del siglo pasado.  Es el proyecto de la segunda independencia de América Latina y el Caribe que completa, profundiza y culmina la independencia política como una nueva forma de independencia nacional, social y cultural no cerrada sobre la geografía de la región sino abierta a todo el mundo.

Es la mejor respuesta y propuesta para una inserción activa, creativa con nuestra propia identidad y determinante dentro de un inevitable proceso de interdependencia globalizante, pero apostando a un orden mundial distinto, no sólo más libre y democrático, sino más justo, más solidario, que culmine la unidad de la familia humana en un ambiente de confraternidad y amor.  América Latina constituida en la Patria Grande, tiene mucho que aportar para este nuevo mundo.

Una larga experiencia histórica nos ha enseñado que los lamentos y las denuncias desde afuera no sirven y más bien le hacen el juego a lo que no queremos.  La CLAT desde siempre ha insistido en que los trabajadores deben luchar por imponer su propia visión de lo  que debe ser la unidad económica, social, política, ética, cultural y espiritual de América Latina y del Caribe.  Y esto no es ya más una ilusión lejana; es una utopía en plena realización y se  debe convertir en una bandera de lucha, en la clave de toda la clase trabajadora organizada.  Nos va en ello el destino y el futuro como trabajadores pero también como pueblos y naciones, desintegradas las cuales los trabajadores no tendremos nada que buscar, perdida nuestra razón de ser y  de vivir.  Es ya la bandera de lucha en estos últimos años del siglo XX, pero será la más grande bandera de lucha que podamos enarbolar en el siglo XXI, la que debe motorizar y globalizar  todas las demás reivindicaciones y banderas.

No falta mucho para el año 2005, en el que se pretende conformar el gran mercado hemisférico inserto en el proyecto del Norte.  En la década que tenemos por delante todos debemos hacer esfuerzos muy intensos y eficaces para acelerar la constitución de la Comunidad Latinoamericana de Naciones y así, en megabloque unido y solidario se podrán establecer otro tipo de relaciones, de garantías y de beneficios claramente favorables para el desarrollo integral de todos los pueblos y naciones de la región latinoamericana y caribeña.

Caso contrario, nadie podrá impedir un nuevo proceso de balcanización y de desintegración que pondrá a pelear a los latinoamericanos unos contra otros, en la ya histórica estrategia de dividir para imperar que siempre ha practicado el Norte para imponer su hegemonía.  Ya se sabe que los designios políticos de los EE.UU. es hacer entrar uno por uno a nuestros países en la zona de libre comercio panamericana, además de dictar las condiciones con las cuales se podrá entrar o no.  Y esas condiciones no son otras que haber consumado con eficiencia las políticas y las recetas neoliberales para tener el certificado de “buena conducta” que hace posible el ingreso al supermercado.

Es imperativo seguir de cerca lo que ya está pasado en México y en Canadá con el proyecto del TLC.  En modo arrasante los ganadores son los intereses americanos.  No hay mucho tiempo.  En definitiva la mejor respuesta a la globalización neoliberal y al proyecto del Norte es culminar cuanto antes la verdadera unidad política, económica, social, cultural y espiritual de los pueblos de América Latina y del Caribe.

En México se intentó contraponer el proyecto del Norte propuesto por la Iniciativa para las Américas de Bush y el proyecto del Sur, el de la Comunidad Latinoamericana de Naciones.  Allí se concluyó:  “Manifestamos categóricamente que el destino histórico de los latinoamericanos como personas, trabajadores, pueblos y naciones, está definitivamente en la promoción, culminación y consolidación de la unidad política, social, económica y cultural de América Latina incluido el Caribe y, que se debe concretar  en la comunidad latinoamericana, en la Patria Grande Latinoamericana libre, justa, soberana y solidaria, única vía para disponer de una nueva relación de fuerzas y de poder para insertarse en el nuevo orden mundial, en una política de relaciones basada  en el trato de igual a igual, de pleno respeto y dignidad y con claros beneficios recíprocos para la región”.

“Manifestamos, finalmente, que el tipo  de integración que prevalecerá en la región y asimismo la suerte de todos los trabajadores dependerá de las respuestas, propuestas, acciones y participación efectiva de los trabajadores organizados y convocamos por esto mismo a todos los trabajadores organizados y de la región a constituir y poner en marcha en lo inmediato un amplio proceso de diálogo, de cooperación y unidad de acción que gradualmente vaya conformando un efectivo contrapoder del Movimiento de los Trabajadores con plena capacidad de incidir en el diseño de la comunidad latinoamericana, en la toma de decisiones y en la aplicación y control del mismo, señalando que sólo así tendremos la Patria Grande Latinoamericana que más allá de diferencias actuales, todos los trabajadores de la región queremos y necesitamos”.

El XI Congreso de la CLAT realizado en la ciudad de México en noviembre de 1998 tomó una serie de acuerdos que hoy se están implementando en un Programa ambicioso de participación en los diversos organismos de integración en la región y la formación de cuadros especializados en la Integración, para dar seguimiento a estas políticas desde la perspectiva del movimiento de los trabajadores.

 

Autores Varios (2001), Los Trabajadores y la Integración de América Latina y el Caribe, AUNA México.

 

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