Asociación por la Unidad de Nuestra América

 

 

 

Las Danzas del Huracán

El Gran Caribe: Aproximaciones a su Identidad, Cultura e Integración

Carlos Véjar Pérez-Rubio *

Primera aproximación: migraciones y mestizaje

Danzas centrífugas y centrípetas, mitos eólicos, mitos solares y mitos marinos; Antilia, isla adelantada en los mapas medievales; Atlántida, comarca de Neptuno más allá de las columnas de Hércules, ¿no lo dice Platón en el Critias? Huracán, hurricane, ouragan, jurakán, vientos desmesurados que soplan y barren y dispersan la semilla lo mismo en las ínsulas que en las zonas continentales de la región de lo “real maravilloso” ¾diría Carpentier siguiendo a Colón¾, esa que el Almirante del Mar Océano registrara en su diario con la voz “Caribe” el turbulento diciembre de 1492.  Caribe, llave de la utopía occidental del Nuevo Mundo, fuente de incalculables riquezas y poder para los conquistadores europeos y de innumerables penurias y miserias para los “otros”, los conquistados, que a partir del mutuo descubrimiento comenzarían a ver sus territorios cada vez más irreales y menos maravillosos.  Decir Caribe es decir fiesta, carnaval, tabaco, azúcar, ron, sudor insoportable, calor endemoniado, colores estridentes, olores embriagantes, ritmo, mucho ritmo, calypso, reggae, biguen, rumba, conga, salsa, plena, son, danzón, merengue, fandango, frutas lujuriosas, viandas suculentas: malanga, yuca, ñame, boniato, quimbombó... ajiaco, sancocho, callaloo, melting pot, sincretismo, mestizaje pues, de todo tipo y de todos los tipos: mayas, nahuas, chibchas, taínos, arawaks-caribes, españoles, holandeses, franceses, ingleses, daneses, suecos, africanos de múltiples etnias —bantú, yorubá, akán...—, javaneses, hindúes, chinos...  “Todos los caminos del mundo comen en nuestras manos”, escribió Saint John Perse, el ilustre poeta de Guadalupe.

De la riqueza cultural de esta región hablan de sobra la gastronomía, la literatura, la música, las artes plásticas, la arquitectura, la danza, el teatro, el deporte, el humor, las tradiciones, pero también la ciencia.  Soplan los vientos de la Madre Naturaleza y desparraman por el mundo la obra de tantos genios originarios de esta tierra de verdor exuberante y mar aturquesado: Saint John Perse, Miguel Ángel Asturias, Rubén Darío, Gabriel García Márquez, Derek Walcott, Alejo Carpentier, Germán Arciniegas, Arturo Uslar Pietri, Nicolás Guillén, Carlos J. Finlay, Aimé Cesaire, Patrick Chamoiseau, Pedro Mir, Palés Matos, Francisco Oller, Wifredo Lam, René Portocarrero, Ernesto Lecuona, Rafael Hernández, Agustín Lara...

Los pueblos del Gran Caribe, como todos los de Nuestra América, y más aún quizás, encuentran su raíz más profunda en las migraciones que desde época remota han dejado huella en su territorio, y en el mestizaje étnico-cultural que suele acompañarlas.  Conciencia, memoria, tradición, cosmovisión...  diáspora de todo signo, centrífuga, centrípeta, violenta, forzosa, inclemente, como las ráfagas del huracán que danza y danza.  Inmigrantes de remotos mundos, contrapunto en blanco y negro, ¿cuántos cientos de miles de negros africanos, “infames de derecho”, fueron importados a estas tierras por los blancos traficantes europeos?  Germán Arciniegas cuenta en su Biografía del Caribe, a propósito de la colonización de la isla de Saint-Thomas, una de las últimas en ser integradas al sistema colonial: “La Compañía Danesa de las Indias Occidentales se forma con la idea de poner un pie en el África y otro en la América.  De un lado cazará negros, del otro venderá esclavos, colonizará la isla, hará negocios con los piratas, contrabandeará” (Arciniegas, 1983).  Migraciones del campo a la ciudad: ¿desaparecerá un día del mapa el jibarito, el guajiro, el campesino, para convertirse en un ente más de los barrios periféricos y miserables de nuestras congestionadas urbes?  ¿Logrará expulsar la dinámica económica contemporánea al indio y al negro de sus ancestrales y endogámicos enclaves de resistencia en el ámbito rural de la región? 

Si Nuestra América es lugar de encuentro de cuatro mundos, crisol en el que se gestará la “raza cósmica”, según la utopía vasconceliana, la “cultura de culturas”, la cuenca de los huracanes es en esto el mejor ejemplo.  Como toda región balcanizada, el Caribe presenta una enorme diversidad cultural, expresada entre otras cosas en el pluralismo lingüístico, etnológico y religioso derivado del complejo proceso de colonización, aunque subyace al mismo tiempo un cierto sentido de unidad, de singularidad, al que han contribuido sin duda las citadas migraciones internas: la semilla que esparce el huracán.  Antonio Benítez Rojo dice que “el hecho de que Inglaterra, Francia, Holanda —en menor escala Suecia y Dinamarca— llegaran ahí mucho después que España y Portugal, y sobre todo, que orientaran sus respectivas economías por los caminos más radicales del capitalismo, a diferencia de las naciones ibéricas, contribuyó a darle al Caribe colonial un aspecto heterogéneo.  De manera que si bien se constatan ciertas regularidades comunes, cimentadas por experiencias más o menos compartidas —conquista europea, desaparición o repliegue del aborigen, esclavitud africana, economía de plantación, inmigraciones de asiáticos, rígida y prolongada dominación colonial—, es evidente la existencia de factores que le restan coherencia al área” (Benítez Rojo, 1998: 51, 52).

Segunda aproximación: colonialismo y resistencia

“Cada generación, dentro de una relativa opacidad, tiene que descubrir su misión, cumplirla o traicionarla”, escribió Frantz Fanon en esa excepcional disección del fenómeno del colonialismo que es Los condenados de la tierra (Fanon, 1961).  Jean Paul Sartre, en el prefacio de ese mismo libro, traza una imagen del mundo colonial y del proceso de aculturación de los pueblos subordinados que, salvada la diferencia de las cifras, es vigente todavía y explica buena parte del problema.  Dice Sartre:

No hace mucho tiempo, la tierra estaba poblada por dos mil millones de habitantes, es decir, quinientos millones de hombres y mil quinientos millones de indígenas.  Los primeros disponían del Verbo, los otros lo tomaban prestado.  Entre aquéllos y éstos, reyezuelos vendidos, señores feudales, una falsa burguesía forjada de una sola pieza servían de intermediarios.  En las colonias, la verdad aparecía desnuda; las “metrópolis” la preferían vestida; era necesario que los indígenas las amaran.  Como a madres, en cierto sentido.  La élite europea se dedicó a fabricar una élite indígena; se seleccionaron adolescentes, se les marcó en la frente, con hierro candente, los principios de la cultura occidental, se les introdujeron en la boca mordazas sonoras, grandes palabras pastosas que se adherían a los dientes; tras una breve estancia en la metrópoli se les regresaba a su país, falsificados.  Esas mentiras vivientes no tenían ya nada que decir a sus hermanos; eran un eco; desde París, Londres, Amsterdam, nosotros lanzábamos palabras: “¡Partenón! ¡Fraternidad!” y en alguna parte, en África, en Asia, otros labios se abrían: “¡...tenón! ¡...nidad!”  Era la Edad de Oro.

América, que en 1492 estaba poblada por varios millones de hombres que a la llegada de los europeos devinieron “indígenas”, surge como entidad con vida propia a partir de un proceso semejante de colonización, de inusitada crudeza, en el que los conquistadores imponían los valores europeos como los valores universales.  “Ese mismo todo es semejante es insinuado por nuestros etnógrafos —escribe Roland Barthes en sus Mitologías—: oriente y occidente, todo es igual, sólo existen diferencias de colores, lo esencial es idéntico [...]  Frente a lo extranjero, el orden sólo conoce dos conductas, ambas mutilantes: o considerarlo como ficción o desmontarlo como puro reflejo de Occidente.  De cualquier modo, lo esencial es suprimir su historia”. (Barthes, 1999: 169, 170).

Esta posición eurocentrista, que habría de consolidarse en la Ilustración con el pensamiento de Buffon, Hume, Hegel y tantos otros sabios europeos, consideraba efectivamente a nuestros pueblos como pueblos sin historia, periféricos, bárbaros, incapaces de construir sociedades civiles autónomas y estados fuertes y estables.  En Nuestra América, tales pensadores tuvieron —tienen hasta la fecha— sus epígonos, como Domingo Faustino Sarmiento en la Argentina del siglo XIX, quien, en su Facundo, enfrenta el orden encarnado en la civilización europea, con el caos, representado por la barbarie del gaucho, del “indígena”, de Calibán, el esclavo rebelde y aborrecido forjado por Shakespeare para enfrentar a Próspero, duque de Milán, en su drama La tempestad (Ver también: Fernández Retamar, 1971).  El Vasconcelos decadente, ya en nuestro siglo, se adherirá a tal posición, si bien en una vertiente más hispanófila. 

“Es la justicia la que decide los conflictos humanos”, afirma Bolívar en su Carta de Jamaica, de 1815, en la que asume la posición contraria (Vargas Martínez, 1998).  El Libertador construye su razonamiento a partir de una amplia revisión de la realidad social americana, en la que destaca los sufrimientos padecidos por sus pobladores a lo largo del periodo colonial.  Además de la guerra de exterminio desencadenada por las fuerzas realistas, habla de los tributos que pagan los indígenas, los sufrimientos de los esclavos, los impuestos, diezmos y servicios que pesan sobre los jornaleros, así como de otras calamidades que arrojan de sus hogares a los pobres americanos.  Martí coincide plenamente con Bolívar y propone en Nuestra América, texto fechado en 1891:  “El problema de la independencia no era el cambio de forma, sino el cambio de espíritu.  Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores.”  Y, contradiciendo a Sarmiento, concluye: “No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza” (Magdaleno, 1942). 

El Caribe adquiere en toda esta historia una complejidad particular, producto de la aventura misma de su colonización.  El historiador cubano Manuel Moreno Fraginals insiste en la necesidad de diferenciar las dos zonas que tuvieron desarrollos históricos asincrónicos: la colonizada por España, donde la economía de plantación arraiga muy tarde (finales del XVIII), y el Caribe inglés, francés, sueco, danés y holandés, con una floreciente economía de plantación a partir del siglo XVII y en donde, de hecho, se da el primer caso en la historia de sociedades implantadas a gran escala, creadas a partir de una actividad económica capitalista moderna destinada a la exportación (Moreno Fraginals, 1991-92),  la que, por cierto, trastocó los ecosistemas existentes, lo que agrega a la factura de los colonizadores, cargada ya con el significativo peso del genocidio y el etnocidio, el del ecocidio.  Dos zonas enfrentadas a muerte varios siglos, según testimonian los restos de las imponentes fortalezas levantadas a lo largo de sus costas, que hablan de la importancia estratégica, comercial y militar de la región.  Tanta codicia, explotación, imposición, pero también rebeldía, resistencia, cimarronaje.  Alguien lo dijo: “Nunca hubo esclavos en América, hubo esclavizados”. 

Tercera aproximación: la cocacolanización de las conciencias y las economías

Danza iracundo el huracán en este tiempo crepuscular en el que las potencias imponen la política de bloques y culminan el agonizante siglo de las luces y las sombras haciendo gala de su poderío avasallador en diferentes rumbos del planeta.  No hay paz segura en el horizonte, signado por ominosos retos que tienen en suspenso a la humanidad toda.  El agotamiento de los tres grandes mitos culturales de la modernidad: el mercado, la democracia liberal y el socialismo de Estado, es evidente, y preocupante la ausencia del reemplazo.  Caído el muro de Berlín en diciembre de 1999, fragmentado, aislado y en franco retroceso el campo socialista, la expansión mundial del capitalismo se realiza sin obstáculos aparentes.  Las fuerzas del mercado, apoyadas en el inusitado desarrollo científico y tecnológico, han irrumpido así en las más diversas latitudes cocacolanizando conciencias y economías, pregonando las bondades del consumo y la libertad para tener, para poseer. 

Esta dinámica triunfal no ha creado sin embargo el paraíso anunciado, sino dos mundos radicalmente distintos y enfrentados entre sí: el de los que tienen y el de los que no tienen (los “excluidos”, para Francis Fukuyama y sus adláteres).  Según las agencias internacionales de desarrollo, de los 5 700 millones de personas que conformaban en 1998 la población mundial, 1300 millones confinados en lo que hasta hace poco solía denominarse Tercer Mundo, no tenían nada y padecían por ello hambre y desnutrición crónica.  En Nuestra América, 150 millones de personas, uno de cada tres habitantes de la región, tampoco tienen nada y viven bajo condiciones de pobreza extrema.  Y en el Caribe, tierra de huracanes, coexisten cuatro de los seis países más pobres de América, incluido el segundo en conquistar su independencia: Haití.

El tan traído y llevado proceso de globalización —y enriquecimiento y depauperación y desequilibrio demográfico entre el Norte y el Sur—, que ha reducido el planeta a escala televisiva mediante los avances tecnológicos en la informática y las comunicaciones, ha acelerado además el flujo migratorio de los países pobres a los países ricos, exacerbando de manera desorbitada la contradicción que ha existido siempre entre mundialización y universalismo, por un lado, y singularidad y particularismo, por el otro.  Han resurgido así, en el marco de una grave crisis de identidad y de sentido de pertenencia, problemas tan complejos como el de los nacionalismos perversos, las lealtades étnicas y religiosas excluyentes, la intolerancia, el racismo y la xenofobia (Calvo Buezas, 1998), cuyas manifestaciones violentas concentran la atención de la opinión pública al afectar el nuevo orden mundial que se pretende establecer.

Cuarta aproximación: nuevos paradigmas  de la integración

Vientos huracanados aceleraron el proceso unificador del Gran Caribe cuando en los años 60, producto de la influencia de la Revolución Cubana y de la descolonización de las antiguas posesiones británicas, la región adquirió una identidad distintiva y propia, así como una renovada importancia geopolítica que terminaría de fundamentarse una década después, cuando la guerra fría no tenía visos todavía de terminar, con la eclosión de la crisis centroamericana y el sandinismo, en Nicaragua.  Es entonces cuando comenzó a hablarse de América Latina y el Caribe como una unidad en la diversidad.  Por supuesto, Estados Unidos, la potencia hegemónica, movió de inmediato sus piezas.  Los resultados son inciertos todavía.  No hay paz definitiva en el horizonte mientras existan hambre e injusticia.  Y aunque es imposible dejar de reparar en el hecho de haberse cumplido en diciembre de 1999 el término de los tratados Torrijos-Carter y ser devuelta a Panamá la soberanía sobre el Canal, el proceso de descolonización regional no termina todavía: ahí están Puerto Rico y el Caribe francés, significativamente. 

El concepto mismo de unidad, como el de progreso, debe ser hoy puesto a crítica. El reto es construir la totalidad ¾el Archipiélago¾ a partir de las islas que fuimos y seguimos siendo, cada una de las cuales conforma una totalidad específica cuya identidad debe ser reconocida y respetada.  Pensar en identidades nacionales aisladas de los espacios de articulación regional es poco menos que imposible.  Es por ello que debe forjarse una conciencia supranacional, una identidad superior que contenga nuestras particularidades, armonice nuestra diversidad y articule económica, política y culturalmente a nuestros pueblos, lo que les permitirá insertarse en mejores condiciones en el complejo mundo globalizado de nuestro tiempo.  Y hay que tender puentes también a las viejas metrópolis, España y Portugal, y a la idea de Iberoamérica que de ello dimana, así como a los millones de migrantes latinoamericanos que buscan en otras latitudes, Estados Unidos y Canadá, principalmente, mejores expectativas de vida, aun a costa de su dignidad.

Lejos están en la historia los intentos de independizar e integrar a las Antillas emprendidos por Bolívar, Páez, Valero y, varias décadas más tarde, por Betances y Luperón.  Pero la herencia es clara: la unidad de los pueblos de Nuestra América nos demanda ser audaces,  decididos, imaginativos, críticos... y oportunos.  Sus bases deben ser la solidaridad, la justicia, la equidad y el respeto a nuestra diversidad, a nuestra pluralidad, a nuestro mestizaje, que es nuestra mayor riqueza.  A nuestras minorías.  A nuestro medio ambiente natural.  Debemos atacar las desigualdades, no las diferencias de nuestros pueblos, y denunciar la miopía de las políticas oficiales que, en un vano intento por construir la “identidad nacional” a partir de la homogeneización cultural, limitan el valor de lo “diferente”, del “otro”, al colorido campo del folclor.  Es necesario, en fin, dejar de mirar obsesivamente al Norte para desarrollar nuestro propio talento creativo e impulsar y universalizar nuestros valores regionales. “O inventamos o erramos”, para decirlo en las palabras de Simón Rodríguez, el maestro del joven caraqueño Simón Bolívar. 

A la globalización impuesta por las fuerzas del mercado, debemos responder movilizando a nuestra sociedad civil y sus movimientos reivindicativos, a nuestros estados nacionales y a los organismos multinacionales, en una globalización disidente que nos conduzca a un mundo más unido, más justo, mejor para todos.  La cristalización de la utopía.  Y que siga danzando el huracán.

BIBLIOGRAFÍA

Germán Arciniegas, Biografía del Caribe, Porrúa, México, 1983.

Roland Barthes, Mitologías, Siglo XXI, México, 1999.

Antonio Benítez Rojo, La isla que se repite, Casiopea, Barcelona, 1998.

Tomás Calvo Buezas, La patria común iberoamericana, CEXECI, 1992.

Frantz Fanon, Los condenados de la tierra, FCE, México 1969.

Roberto Fernández Retamar, Calibán. Apuntes sobre la cultura de nuestra América, Diógenes, México, 1971.

Mauricio Magdaleno, Martí, SEP, México, 1942.

Manuel Moreno Fraginals, “Tres tristes plantaciones”, Revista Alfil, núm. 10, Invierno 1991-92, México.

Gustavo Vargas Martínez: Simón Bolívar. Semblanza y documentos, FCE, México, 1998.

 

* Director General de Archipiélago. Revista Cultural de Nuestra América y miembro de AUNA-México.

 

 

Libro Integración de América Latina y el Caribe

 

Otras Publicaciones de AUNA México

 

Página Principal de AUNA México