Asociación por la Unidad de Nuestra América

 

 

 

El Estado Latinoamericano Ante la Integración Regional

Lucio Oliver Costilla

 

Cuando fui invitado a participar en este Foro Permanente por la Unidad Latinoamericana con una conferencia sobre ”la integración en América Latina y el Caribe”, inmediatamente pensé en el papel y las responsabilidades del Estado. Qué está haciendo, qué puede hacer o qué puede obstaculizar el poder político nacional de nuestros países, por la integración de la región o de las subregiones que la componen. Sobre todo hoy día en que la globalización obligaría a tomar iniciativas urgentes para lograr una nueva inserción estratégica en la mundialización en curso, ubicándose para ello desde nuestra condición latinoamericana, muchas veces diferente y hasta potencialmente confrontada con los intereses y la política del Estado hegemónico imperial estadounidense en la región.

¿Por qué el Estado? A diferencia de lo que se pensaba a inicios de los noventa, cuando el pensamiento neoliberal propalaba el beneficio de un total dominio del mercado y la vuelta al Estado mínimo, o cuando se suponía la inminente muerte del Estado, hoy día cada vez está más claro que el Estado sigue siendo un factor de poder que favorece u obstaculiza determinadas tendencias, y que concentra los impulsos de determinadas fuerzas económicas y políticas. Después de que la ciencia política intentó desvanecer la noción de Estado y de sustituirla por la de sistema político, ha habido un retorno:  de nuevo está claro que el Estado es un actor político fundamental: “El Estado no es sólo un pacto de dominación, sino también un actor político dotado de estructuras organizativas complejas que le confieren enormes capacidades potenciales de intervención en la vida social”(Borón) 1. En realidad el Estado no tiende a desaparecer con la globalización, sino que se transforma; como señala Joachim Hirsch, el actual ya no es el viejo Estado nacional de seguridad social, sino que ahora es el Estado nacional del capitalismo globalizado 2. Y ese Estado no es un Estado mínimo y pasivo, como lo sostiene la ideología y la propaganda neoliberal, sino que es un Estado con funciones distintas, al servicio de nuevos intereses y grupos sociales dominantes (Vilas) 3.

Pues bien, ¿cuáles son las tendencias de la actuación política de ese nuevo Estado ante la integración regional latinoamericana?

Para responder habría que partir de considerar de cuál integración hablamos, dado que la integración actual, es decir, los procesos prevalecientes de acercamiento, los acuerdos y políticas de una mayor interrelación económica, política y cultural entre los países de América Latina y el Caribe están sin duda alguna dominados por la regionalización continental dirigida por los Estados Unidos de Norteamérica en el marco de la mundialización del capital. Ciertamente lo que hoy prevalece no es una integración multifacética autodeterminada por nuestros países, sino acuerdos de relación comercial, de servicios y financiera, subordinados a los procesos de mundialización del capital. La propia globalización en curso dista mucho de ser una real mundialización; ha sido hasta ahora un proyecto político del gran capital (las firmas, los grupos, los bancos transnacionales y los poderosos Estados desarrollados) para abrir paso a una acumulación mundial de capital sin cortapisas de los Estados nacionales periféricos y sin compromisos redistributivos con clases subordinadas, y se inició para resolver los problemas de la crisis estructural del capitalismo fordista de los años dorados. Esa acumulación transnacional de capital está, además, dirigida por el capital financiero, que busca desarrollar buenos negocios de rápida y extraordinaria rentabilidad. Los procesos económicos, tecnológicos, informáticos, poblacionales de la mundialización en curso forman parte del interés fundamental de quienes tienen el mando de los mismos; interés centrado en buscar la valoración rápida del capital, concentrar el poder de las grandes firmas transnacionales e incrementar los procesos de ganancia del capital financiero. Por ello no se trata de una mundialización incluyente y homogeneizadora, sino de otra con carácter excluyente y polarizante.

En América Latina y el Caribe los procesos de integración son parte de la creciente conformación de un bloque regional americano dirigido por los Estados Unidos, orientado a disminuir crecientemente la presencia de capitales de otros polos económicos mundiales (Europa, Japón) y a generar tratados y procesos de vínculo comerciales entre nuestros países y de algunos de ellos con Estados Unidos y Canadá, para viabilizar la ampliación de la circulación de capitales, servicios, mercancías y bienes de las empresas, firmas, grupos y bancos transnacionales, especialmente de los norteamericanos. Por ello, más que una integración política autónoma hoy existen en curso procesos de integración comercial y financiera para ampliar mercados de las empresas norteamericanas ubicadas en los propios países latinoamericanos (Ford, General Motors, Microsoft, IBM, National City Bank, etc.). En muchos casos no aparece claramente la filiación norteamericana de los capitales debido a la propia fusión de empresas y bancos de Estados Unidos con los de otros países de Europa o Japón. Los proyectos comerciales y financieros de integración más desarrollados hoy día son el MERCOSUR y el TLCAN, mismos que  no ocultan su servicio a la acumulación de las empresas y bancos transnacionales norteamericanos, el dominio que sobre ellos tienen el Banco Mundial, el FMI, la reserva monetaria norteamericana. Por ello el interés de los Estados Unidos de incluir poco a poco en esos procesos la dolarización de las monedas de nuestros países.

La integración comercial y financiera en curso en América Latina está pensada como una forma de ampliación de las ventajas comparativas y de mercado de las empresas transnacionales, y como una forma de aprovechamiento de los recursos naturales, las materias primas y la mano de obra barata de nuestros países a partir de impulsar procesos financieros, productivos y de comercialización de mayor escala. Eso no significa que no reditúen beneficios inmediatos a la dinámica económica y de crecimiento de nuestros países, sobre todo de los más desarrollados, pero no crean condiciones para una fortaleza interior, ni aumentan la capacidad productiva y competitiva nacional. Nuevas maquiladoras no significan lo mismo que nuevas industrias nacionales vertical y horizontalmente integradas, por más que generen en lo inmediato ocupación de mano de obra y producción para la exportación.

Esa integración latinoamericana trasnacionalizada realizada todavía bajo el manto imperial de los Estados Unidos tiene como característica principal al interior de nuestros países la desnacionalización o fragmentación regional interna. El proceso de integración subregional comercial y financiera paradójicamente no genera al interior de nuestros países latinoamericanos una integración y una homogeneización internas. Por el contrario, su tendencia dominante es producir una acentuación de las polarizaciones, tanto productivas, como regionales y sociales. Cuando observamos las repercusiones de los procesos de integración con Estados Unidos en México o con el Mercosur en Brasil, respectivamente, podemos constatar que no se trata de una integración de toda la nación, ni de todo el territorio nacional. Lo que se integra en estos procesos  son algunas regiones o algunas ciudades de esos países. Veamos algunos ejemplos de lo que sucede con Brasil dado que lo mexicano nos es ya bastante conocido y fue apreciado con claridad con el surgimiento de la guerrilla zapatista y con los altísimos niveles de pobreza del país.

Con respecto a la integración de Brasil en el Mercosur, la experiencia ha demostrado que participan básicamente las poblaciones de São Paulo, Rio de Janeiro, Rio Grande do Sul y algunas otras ciudades menores de otros Estados del sur.  Las otras regiones de dicho país quedan al margen: el centro, el Nordeste, el Norte principalmente. Y cuando algunas de estas regiones se integran a la mundialización, por ejemplo el Estado de Ceará en el Nordeste, con su acelerado papel de receptor de inversiones extranjeras en maquiladoras y montadoras de distinta naturaleza, con su nuevo Puerto de gran calado y su flamante aeropuerto internacional, la región del campo árido, el famoso Sertão, queda totalmente abandonado a su suerte y se convierte en espacio vacio generador de migrantes hacia las capitales, donde a su vez el proceso no alcanza a integrar a toda la población, con lo cual se produce el famoso desempleo estructural. El agro languidece y la población se muere de hambre a la par que crecen los polos de desarrollo en la capital y alrededores con sus secuelas de anemia social. Un país como Brasil que hubo logrado en el pasado un alto grado de integración nacional y de cohesión estatal se transforma bajo los procesos de mundialización del capital, en país fragmentado, con áreas territoriales integradas y áreas desintegradas, con áreas de producción trasnacional de maquiladoras, autos, químicos que conviven con áreas sin transformación económica.

Otro caso muestra de Brasil es el de Manaus.  Hace poco tuve la ocasión de viajar hacia esa ciudad. Tenía en mi mente que la mayoría de los artículos electrodomésticos y electrónicos que se venden en Brasil provienen de la zona franca de Manaus (refrigeradores, televisores, radios, licuadoras, procesadores de computadoras, etc.) y que bajo la dictadura militar se buscó integrar al Amazonas al mercado nacional por la vía de las maquiladoras. Llegó a tener en los años ochenta más de cien mil trabajadores en la zona franca y su participación en la producción ayudaba a integrar el Norte de Brasil al resto de la economía nacional. Hoy, bajo la mundialización del capital, y ante la competencia del resto de los Estados del interior de Brasil, Manaus no alcanza ya ni los 20 mil trabajadores en las industrias electrónicas y de electrodomésticos. ¿Por qué? Debido a que hoy día prácticamente todo Brasil  se convirtió en una región de maquiladoras para las empresas transnacionales. Esto nos dice que estamos ante procesos muy extraños de integración subregional de nuestros países, procesos que se asientan en la competencia y en la fragmentación interna.  En estas condiciones, los nuevos actores de la integración son aquellas ciudades que cuentan con subsidios, capacidades y recursos para participar. La vieja idea de propiciar una integración como Estados nacionales articulados se ha perdido. La integración que existe en proceso es polarizadora y fragmentadora, incluye a poblaciones determinadas y excluye y abandona en la marginalidad y en el desempleo permanente a otras. Por eso la tendencia modernizadora de la globalización genera también su contrario: zonas de marginalidad y desempleo estructural.

¿Cuál es la responsabilidad de los Estados nacionales ante estos procesos?

El Estado nacional en América Latina no se encuentra hoy ante la perspectiva de lo que O’Donnell en la década de los setenta llamaba la inminencia de una profundización del capitalismo a partir de la presencia de empresas transnacionales. No es eso lo que acontece con el capitalismo latinoamericano: éste no se hubo profundizado en términos de integración productiva industrial interna ni en cuanto a su mercado interior. O’Donnell consideraba que la incorporación de las empresas transnacionales en la economía latinoamericana llevaría a profundizar el capitalismo, iba a dinamizar sus estructuras productivas internas, quizá con un alto costo social a corto plazo, pero con cambios gratificantes a mediano y largo plazo. No se produjo ese fenómeno de profundización nacional integradora del capitalismo, sino por el contrario hubo desindustrialización y un fenómeno de actualización y renovación del capitalismo sobreexplotador de mano de obra, de recursos naturales y de materias primas, junto a nuevos procesos de marginalización y polarización internos que son hoy día la característica esencial, aun cuando afortunadamente no única, de la integración comercial y financiera de América Latina.

¿Y los Estados? El proceso anterior ha sido posible en la medida en que a los Estados nacionales intervencionistas y desarrollistas de la posguerra les han sucedido otros que ya el propio O’Donnell llamaba “Estados confiables” para el capital extranjero transnacional. Estos nuevos Estados latinoamericanos del capitalismo globalizado tienen como objetivo esencial propiciar la valorización y la acumulación del capital transnacional y no la integración económica nacional interior ni la profundización del capitalismo. Su característica fundamental en tanto Estados políticos nacionales es competir con otros Estados de la región para atraer capital y no para crear regiones y pueblos integrados, sino, por el contrario, generar regiones y pueblos desnacionalizados y fragmentados, pero capaces de valorizar el capital. Si no establecen política para el desarrollo integrado interior menos para crear una integración productiva subregional o una integración financiera o monetaria común. Los Estados alientan políticas y regulaciones para acompañar  la expansión y consolidación de un mercado subregional de las empresas transnacionales.

Es por eso que las nuevas políticas de los Estados nacionales latinoamericanos crean crisis en las instituciones tradicionales del Estado nacional y generan resistencias sociales y políticas de defensa de esas instituciones. Ante tal situación, los gobiernos que han estado a la cabeza en las últimas dos décadas han optado por sustituir las políticas nacionales e institucionales por las llamadas políticas de gobernabilidad. La gobernabilidad pasa a ser el eje principal de las políticas del nuevo Estado. Se trata, empero, de una gobernabilidad conservadora que ni siquiera se mantiene en el nivel original de aquellos proyectos neoliberales propiciadores de las llamadas reformas de primera generación, que suponían necesaria una política de gobernabilidad de corto plazo para enfrentar los conflictos sociales resultantes de los necesarios ajustes estructurales. En esa perspectiva la gobernabilidad era una política transitoria mientras la economía se reordenaba y se volvía al crecimiento económico. En la medida en que los cambios (la reforma del Estado, la liberalización de capitales, dinero, servicios y mercancías) se producen bajo la dinámica de la mundialización del capital, la gobernabilidad deja de ser una política de corto plazo para ser una política permanente para acompañar las consecuencias de la reestructuración y minimización de las instituciones del Estado. Se trata entonces de una gobernabilidad conservadora y retrógrada que destruye instituciones nacionales y nacionalistas para poner en su lugar aparatos que viabilizan la acumulación del gran capital y los proyectos de transnacionalización.

La reforma del Estado se convierte en un medio de transformar el Estado y en una política contraria a la integración subregional autónoma y multifacética. Y con ella el nuevo Estado latinoamericano abandona sus responsabilidades nacionales,  regionales y sociales ante la  integración, para convertirse en un vehículo más de la trasnacionalización dominante bajo la globalización.

Los Estados de América Latina podrían incidir en crear condiciones y políticas para modificar los parámetros actuales de la integración en curso. Con respecto del TLCAN ya se ha insistido en la importancia de incluir en el tratado la libre circulación de mano de obra. Otra iniciativa fundamental sería la defensa de la petroquímica de México impulsada por empresas públicas (que incluso fuesen distintas a las viejas empresas estatales: nuevas empresas públicas no estatales y no burocratizadas, pero al servicio de la nación y bajo control de organizaciones sociales responsables). Los Estados del Mercosur podrían significar un proyecto de reestructuración productiva entre Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile para crear industrias regionales competitivas, privadas y públicas, para conformar una región distinta en el concierto de los bloques comerciales. Eso seguramente llevaría a un grado de confrontación con los proyectos privatizadores y trasnacionalizadores del Banco Mundial y del FMI. Pero los Estados podrían impulsar proyectos de mayor alcance que los actuales, y sobre todo de mayor alcance productivo y soberano. Para ello sería necesario, como lo dijo el presidente de Venezuela hace dos meses, “politizar la integración”, ante una indiferente comunidad de presidentes latinoamericanos. Tal como están los condicionamientos internacionales a los actuales Estados naciones que han hecho suyo el proyecto del capitalismo globalizado, una política distinta y radical de los Estados latinoamericanos frente a la integración latinoamericana tiene que partir de la acción conjunta de los partidos nacionales independientes, de las asociaciones radicales de la sociedad civil y de una ciudadanía conscientizada en torno de una alternativa de izquierda al neoliberalismo. Los Estados tienen que retransformarse: ir hacia adelante, hacia la definición de un nuevo bloque de poder dinamizado por izquierdas modernas y radicales que lleven a la nación hacia proyectos de autoafirmación nacional y latinoamericana.

1 Atilio Borón, Estado, capitalismo e democracia na América Latina, Brasil, Ed. Paz e terra, 1994, p.264.

2 Joachim Hirsch, Capitalismo, globalización y Estado, México, Ed. UAM Xochimilco, 1996.

3 Carlos Vilas, Estado y políticas sociales después del ajuste, México-Venezuela, UNAM- Ed. Nueva Sociedad, 1995.

 

 

Libro Integración de América Latina y el Caribe

 

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