Asociación por la Unidad de Nuestra América

 

 

 

¿Integración, Dispersión o Desintegración de América Latina?

Luis Suárez*

 

El proceso de integración latinoamericana ha estado más lleno de discursos, promesas, actitudes coyunturales, que de realidades. Y si ahora añadimos en esa supuesta integración (para no ser categórico como un docto amigo mío, quien dice que deberíamos hablar más bien de la desintegración de

América Latina), hay dos campos para detenerse en ambos: la integración de América Latina con el Caribe, y del Caribe entre sí.

A pesar de sus lamentables resultados integradores, pues otra cosa son los arreglos bilaterales o trilaterales, debe registrarse como un cierto avance real, la celebración de las Cumbres Iberoamericanas, desde la primera efectuada en Guadalajara, México, en 1991, con algunas medidas de interés común. Los documentos de trabajo fueron más bien proyectos que secuencias con apoyos a realizaciones anteriores alcanzadas. Las Cumbres se fueron convirtiendo en un nuevo foro de discursos y declaracionismo dirigido a criticar a otros.

Las 9 Cumbres celebradas hasta ahora han servido, pues, a los países latinoamericanos, como un consultorio para diagnóstico y no como remedios efectivos. Y esto se explica por dos situaciones:

1)    La botica de los remedios está en otro sitio, en países que mandan en las economías e intervienen en las finanzas para el ámbito latinoamericano;

2)    Ante las necesidades apremiantes de estos países, el espíritu solidario que por ética y pragmatismo debería usarse como fortaleza, se quiebra ante soluciones y arreglos individualizados, se conciertan, por ejemplo, convenios de libre comercio bilaterales o trilaterales y pequeños pactos regionales, pero no de un conjunto integrado, más negativo cuando además se asume el sistema de la globalización neoliberal, que manda por arriba de las determinaciones soberanas nacionales o regionales. Se globaliza el mundo y no se globaliza América Latina.

Este fenómeno negativo se manifiesta más gravemente respecto del Caribe, donde los países caribeños de cultura iberoamericana incluso, se sienten un tanto excluidos del conjunto continental latinoamericano, y los otros, por su condición proveniente de la colonización británica -o francesa en el caso de Haití y de las islas que pertenecieron a Holanda- han evolucionado de otra manera en la economía y en la cultura. Esto se manifiesta, por ejemplo, en el ramo esencial del petróleo que tiene en territorio de América Latina algunas de sus más importantes fuentes brotantes, como México y Venezuela.

Estos dos países firmaron en los años ochenta el llamado pacto de San José (Costa Rica) para el suministro de 160 mil barriles diarios, de cuyo precio 20 centavos de cada dólar se destina a un fondo de desarrollo para esos países beneficiados con esta rebaja en la facturación. El acuerdo de San José es una expresión práctica de la solidaridad que debería extenderse, pero no se aplica, por ejemplo, a Cuba, exclusión que hoy, cuando se ha venido abajo la mayor parte de su comercio con la ex Unión Soviética, y viene a reforzar relativamente el bloqueo decretado por los Estados Unidos, pues el gobierno de la isla debe someterse a los precios normales, y no tan normales por su variabilidad, del mercado. Tampoco se aplica de una manera igual que a Centroamérica a la República Dominicana.

La multiplicidad de convenios parciales llenan el papeleo latinoamericano y del Caribe. En la Asociación de Estados del Caribe, con su expresión del CARICOM, hay 14 países, que buscan extenderse a una unidad con Centroamérica para presentar un frente común, de esa región específica, en la organización mundial del comercio.

Además del Grupo Andino, se ha creado el MERCOSUR con la pujanza no exenta de problemas de Brasil y Argentina; el Pacto de Río, el Mercomún Centroamericano, los convenios de libre comercio de México, Venezuela y Colombia; de México con Chile, y por supuesto el gran Tratado de Libre Comercio de México con Estados Unidos y Canadá, que atrae como señuelo el interés participativo por diversas puertas en los agobios no resueltos a pesar de tantos compromisos en la región latinoamericana y del Caribe.

Por supuesto no es despreciable la creación, idea de México, del sistema económico latinoamericano, SELA, en el que se realizan, significativos análisis de la situación regional, y en ese sentido realiza aportaciones y diagnósticos a veces desgarradores y críticos de la dependencia económica latinoamericana respecto del exterior.

Siquiera sea por su nombre definidor, cuyos alcances chocan con las realidades que estamos examinando en cuanto a los resultados prácticos y positivos, hay que señalar la Asociación Latinoamericana de Integración, ALADI, en cuyo seno debieran registrase los balances que la justificarían.

Sobre este mosaico gravita el proyecto latinoamericano del ALCA (Area de Libre Comercio de las Américas) para que funcione globalizadoramente en el año 2005.

Se forman, pues, compromisos regionales y de área, que constituyen una suma en el conjunto, una pedacería, pero eso, no es una integración celular sino un conteo de partes acumuladas y a veces contradictorias. Por ejemplo, en el seno de la OMC, quienes la forman, luchan por lo suyo y ahí es donde están los que forman el G-7, los países más ricos del mundo, que además de que mucho es lo suyo -en no pocas ocasiones apropiado de otros-, también tienen mucho de todos.

Sólo como muestra de la entelequia en que finalmente resultan algunos de los instrumentos de la integración en regiones específicas, quiero contar lo que yo, nada especializado en esta materia de la economía, descubrí en un reciente viaje a Nicaragua, país que figura en los escenarios centroamericanos descritos. Me refiero al Parlamento Centroamericano, algo que está muy lejos -igual que el Parlamento Latinoamericano, de mayor amplitud como su nombre indica- de poder elaborar una legislación supraregional para algunos aspectos de la vida comunitaria sin destrozar ni invadir las soberanías nacionales respectivas. Ahí hay proyectos y sostenimiento del aparato, compuesto por estos especiales diputados elegidos en sus países a semejanza menor del Parlamento Europeo, y apoyado financieramente por el Banco Centroamericano, con sede en Costa Rica. Pero mientras este país decide sobre el financiamiento de los proyectos, no se integra al Parlamento como los otros con más representación que dinero.

El dinero del Banco lo pone Taiwán, isla que aunque juega en el mundo como República China, pertenece históricamente al continente, o sea, a la República Popular China. La mayoría de los países centroamericanos no tienen relaciones diplomáticas con el verdadero Estado chino y sus gobernantes son frecuentemente huéspedes de honor en Taipei. Y lo verdaderamente cómico-dramático es el hecho de que Taiwán tiene diputados en el Parlamento Centroamericano. Por lo visto algunos políticos centroamericanos se han acostumbrado a esta aberración, que revela la tendencia no sólo a que el mercado mande sobre el Estado, sino que éste, desde remotas fuentes también mande en los parlamentos.

Antes de proseguir con estas incomprensiones y con el fenómeno que más parece dispersión que integración, quiero rescatar a favor de las posibilidades soñadas desde los acentos bolivarianos, y por haber asistido como periodista a todas ellas, que son nueve, una cierta utilidad de otro tipo de las Cumbres Iberoamericanas. Esto es en el reforzamiento de los lazos culturales desde la matriz común iberoamericana que abarca a España y Portugal. Estos dos países, aunque miembros de la Comunidad Europea que forma su contexto principal en el campo internacional, tienen por lo menos presente en ese importante escenario de la economía, más que de la política los rasgos que nos unen con tratados o sin tratados, y se ven obligados a echar algunos capotazos a nuestro favor frente al toro más brioso del bloque norteamericano de la economía en que dentro de varios años se convertirá el ALCA. Otro factor positivo, por lo menos para la facilitación del lenguaje y de la comprensión de quienes asisten a las Cumbres Iberoamericanas, radica en la no participación de los Estados Unidos, con su prepotencia dentro de la OEA o de otros organismos, pero sí Cuba, excluida de la OEA.

Esta significación pretende contrarrestarla Estados Unidos con la celebración de las Cumbres de las Américas, años después de iniciarse en Guadalajara las Iberoamericanas.

En resumen, este cuadro al que sin duda se le puede replicar con omisiones, traza una línea de a dónde conduce la dispersión dentro de la globalización, y que según algunos gobernantes latinoamericanos, como el que termina en la República Dominicana, Doctor Leonel Fernández, me dijo hace un año: lo que se está generando es una guerra comercial con varios grandes bloques como protagonistas, que son la Unión Europea, América con los Estados Unidos, Asia con el dinamismo económico del Japón, que se extiende también hacia algunos países latinoamericanos. Y con tres bloques monetarios: el dólar, el euro y el yen.

No podemos excluir, pero tampoco introducir en esos gigantes, a otro que ya lo va siendo, como la República Popular China, que tiene, con otra política enfocada hacia los países de menor desarrollo, un espectacular desenvolvimiento en las zonas especiales creadas con inversiones extranjeras pero bajo el control del Estado. Como ya hemos dicho, el factor chino se refleja primero en un plano político con Centroamérica pero no por la presencia de la República Popular China en medida considerable, sino por la incierta realidad de Taiwán.

Las contradicciones y los resultados negativos, sin obviar los factores domésticos y regionales, hay que insertarlos también entre las consecuencias por la falta de un nuevo orden económico internacional. Las Naciones Unidas, a moción de varios países, entre ellos destacadamente México, lo aprobaron pero sin implantarse en sus verdaderos alcances, hoy el desorden sigue estando dentro de la injusticia, de las relaciones de los fuertes ante los que están en vías de desarrollo (pues se da la paradoja de que no obstante haber retroceso ya no se les quiere llamar subdesarrollados), y dentro también de muchas ficciones financieras sobre el valor real de las monedas.

Aquí aparece el fenómeno de la macroeconomía cuyos censores iluminan bien algunas caras y el cuadro de un conjunto económico deshumanizado, pero quiere mantener en la oscuridad a la gran mayoría de la población. La realidad es, como creo que dijo García Márquez, que la economía va muy bien pero que la gente está muy mal. Si esto es visiblemente aplicable a América Latina y el Caribe, no hace falta desplazarse a otras áreas porque podemos verlo fácilmente en México.

La expresión más aplastante de esta situación que dificulta integrarse bajo la vigilancia permanente del acreedor, que a todos quiere cobrar, está en la deuda externa. El año pasado la que se reclama a América Latina y el Caribe, supera los 700 mil millones de dólares y aumentan día tras día. Y como los Premios Nobel encabezados por José Saramago, Adolfo Pérez Esquivel y Rigoberta Menchú, dijeron en un mensaje a los Jefes de Estado de la Novena Cumbre Iberoamericana, en nuestra región hay gobiernos que destinan hasta 40 por ciento de su presupuesto al pago de intereses y servicios sobre esta deuda que se ha transformado en un mecanismo incontrolable y perverso.

La deuda externa es uno de los dogales que frenan los pasos que pudieran dar los gobernantes latinoamericanos más conscientes de la necesidad de la integración.

Porque ¿qué país con mejores condiciones económicas querrá integrarse con otro pobre y más desvalijado que él mismo? Si esa es la condición grave de la mayoría, su debilidad y conflictos internos económicos y sociales, le apremian a obtener algo inmediato de los centros del poder donde se genera la sujeción. Por eso quiero citar textualmente el párrafo del mensaje de los Nobel: "El costo humano de la deuda externa sobre la vida de las personas y los pueblos, como ustedes bien conocen, se encuentra en el sometimiento nacional y en el aumento del desempleo y la pobreza, la falta de recursos para la educación, salud y desarrollo, la destrucción ambiental y la violación de los derechos humanos incluyendo los derechos a la democracia y a la paz... No podemos olvidar que detrás de las estadísticas, de los mercados, de las tasas de interés, de las especulaciones financieras están los rostros de miles, de millones de niños, de niñas, de mujeres, hombres, ancianos, de jóvenes a quienes con la promesa del futuro les han robado el presente e hipotecado el porvenir".

Las alternativas, dicen también ellos, están en consolidar una verdadera unidad latinoamericana y del Caribe. Pero, como modesto ponente de este Seminario, yo planteo si lo que vamos a integrar es la miseria que crece bajo las estadísticas macroeconómicas, que se deben superar con un cambio de política y de acciones concertadas, aunque sabemos que chocará con la resistencia de los grandes centros de poder depositados en el Banco Mundial y en Fondo Monetario Internacional. Habrá que comenzar por integrar una voluntad política para reclamar en esos y otros castillos de las finanzas mundiales que modifique la sumisa relación de la actualidad. Los gobernantes debieran tener mayor conciencia de que la unidad es la fuerza y que de las migajas, por no hacerla, sólo se mitiga el hambre de un día, que crece más al siguiente.

Muchas gracias.

* Presidente de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP), y miembro del Consejo Coordinador de AUNA-México.

 

 

Libro Integración de América Latina y el Caribe

 

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