Asociación por la Unidad de Nuestra América

 

 

Presentación

 

La Asociación por la Unidad de Nuestra América, AUNA México, promovió, y con la valiosa cooperación de varias personas e instituciones, realizó recientemente seis coloquios sobre otros tantos temas, vinculados al desarrollo y la integración latinoamericanos.

En un principio se pensó en reunir el material de todos ellos y recogerlo en un libro. Pero al hacer la última lectura, ya con fines de edición, creímos que acaso sería mejor repartir el texto disponible en dos breves volúmenes, que resultaran de más fácil lectura y en los que los temas tuviesen mayor unidad y más estrecha relación entre sí. Este primer volumen incluye, en tal virtud, los materiales de los coloquios 1, 2 y 6, correspondientes a promoción empresarial, educación superior y cooperación científico-tecnológica.

Al proyectar estos coloquios tuvimos la intención de dar vida a un tipo de encuentros, diferentes de las conferencias y mesas redondas habituales, en los que personas que trabajan en ciertos campos, cambiaran informalmente impresiones entre sí. O sea, más que pensar en que hablaran ante un público probablemente interesado pero acaso ajeno a esos temas y actividades, que lo hicieran fundamentalmente entre sí, sin perjuicio de responder a alguna inquietud o pregunta. Pues bien, al recapitular sobre lo hecho hasta aquí, podría decirse que si bien no logramos íntegramente lo que nos proponíamos, el esfuerzo fue positivo, la contribución de quienes presentaron los temas muy valiosa y el saldo satisfactorio, a juzgar por la opinión de quienes participaron, y por la calidad del material que ahora se ofrece al lector. Es decir un conjunto de reflexiones serias y autorizadas, y a la vez frescas, sencillas, informales, sugerentes y constructivas.

Personas no familiarizadas con los temas que aquí se examinan podrían pensar que, siendo interesante cada uno de ellos no es fácil advertir la relación entre los mismos. Y a primera vista así podría parecer. Pero si se repara en lo que enmarca y subyace a todos ellos, se vuelve más fácil descubrir sus interrelaciones. En efecto, aparte de que los tres se ven desde una perspectiva no meramente nacional sino latinoamericana, lo que ya les da una proyección análoga y los sitúa en un marco común, los tres juegan un papel muy importante en el desarrollo y posibilidades de integración de Nuestra América.

Los dos empresarios que participan en el primer coloquio -Mondragón y Gil Valdivia- señalan una y otra vez, que si bien hay factores económicos, geográficos y sobre todo culturales que acercan y favorecen la relación entre nuestros países, lo cierto es que falta por un lado interés, acción, decisión y mayor despliegue de iniciativa para aprovechar ese potencial que podría ser muy favorable. Y para hacer posible todo ello falta preparación, oficio y profesionalismo de los empresarios mexicanos y de quienes trabajan con ellos más de cerca en el intento de proyectarse hacia el exterior. Se tiende a depender sobre todo de Estados Unidos, y aun en la relación con este país y su gran mercado no se despliegan los esfuerzos que se requieren para tener un mayor y mejor acceso a él.

Nos advierten también que, además de que los empresarios mexicanos no se interesan suficientemente en Latinoamérica, falta una política industrial que oriente, dé una más sólida base y estimule y permita sostener un esfuerzo, a largo plazo. Incluso podríamos ir más lejos y pensar que actualmente no sólo carecemos de una política industrial sino incluso de una política y una estrategia de desarrollo, lo que sin duda entraña una seria limitación y una grave falla.

Cierto que, bajo la moda neoliberal muchos aseguran que en realidad no se necesita tal política porque el mercado libre, dejado a su suerte se encarga de que los recursos productivos se asignen de la mejor manera y, a la postre todo resulte bien. Y algunos incluso sostienen que tal situación no es sólo la más conveniente sino la única posible, lo que, de ser verdad significaría que no hay alternativa.

Históricamente, sin embargo, los países más industrializados lograron ser lo que son, no gracias al mercado libre sino a que por largo tiempo mantuvieron políticas que implicaban la posibilidad y aun la necesidad de desplegar esfuerzos deliberados en ciertas direcciones, que llevaron a los altos niveles que hoy les caracterizan. Todavía más, desde la perspectiva del desarrollo y, acaso en mayor medida, de la integración regional latinoamericana, los temas que se examinan en este volumen adquieren especial significación y aun se relacionan entre sí estrechamente.

Veamos. Cualquiera sea la política que se adopte, la promoción empresarial, la educación y la cooperación científico-tecnológica son condiciones de ese desarrollo y de su articulación a escala regional. Y, a la vez, las tres suponen suficiente preparación para que se desenvuelvan adecuadamente. Y preparación significa educación, conocimiento y, como base de todo ello, organización.

O en otras palabras si los empresarios mexicanos que podrían impulsar su actividad, aumentar su producción y ampliar sus mercados proyectándose en mayor medida hacia Latinoamérica, la menosprecian, no la conocen, no saben cómo conducirse, carecen de profesionalismo, de persistencia y aun de responsabilidad, y no ofrecen la variedad y calidad que se les reclama, difícilmente podrán abrirse paso más allá de sus fronteras. Como hoy se diría: carecerán de competitividad para descubrir y recorrer nuevos y más anchos cauces.

En los escenarios en que hoy nos movemos la educación pasa al primer plano. Pero cuando se alude a la educación, tampoco se piensa ya a la manera tradicional. Durante mucho tiempo se consideró que una carrera profesional culminaba en la licenciatura, por lo que ésta era el símbolo de una educación superior, y de un alto nivel de preparación. Pero el ámbito de la educación se ha ampliado enormemente. Desde luego la educación básica sigue siendo fundamental, la de nivel de medio es mucho más amplia y la superior, más que concluir en la licenciatura empieza en ella, tras de la cual se multiplican las especialidades y los estudios de posgrado, esto es maestrías y doctorados. La educación, además, actualmente no se circunscribe a la escuela sino que se obtiene en ámbitos muy diversos, vinculados a la producción y el trabajo de cada quien. Ahora se combina y complementa con la capacitación y el adiestramiento y, lo que es más importante, educarse no significa ya prepararse durante cierto número de años, cuando generalmente se es joven, sino aprender día con día, y entender que el aprendizaje permanente es necesario para no rezagarse y tener capacidad de respuesta ante los continuos cambios que el mundo experimenta.

Dentro de ese panorama la educación superior, que como antes se dijo, en los últimos decenios se ha ampliado y extendido como nunca antes, está llamada a jugar un papel de primer orden en la preparación de los cuadros que hoy se requieren en todos los campos. Pero ese papel, en la práctica no depende sólo de que se estudie en la Universidad. Las cosas son mucho más complejas.

A primera vista podría pensarse que en la Universidad y demás centros de estudios superiores se preparan los cuadros de alto nivel que el país requiere en sus principales campos de actividad; pero esa correspondencia y esa racionalidad no se dan en realidad. Aquí cabe decir que la Universidad, y desde luego los estudiantes que eligen una carrera, no saben en rigor ni el número ni el tipo de profesionistas que necesita nuestro país, y menos aún el que necesitará, digamos en los decenios iniciales del siglo que está por abrirse. Realmente dominan la improvisación y la espontaneidad. Y por ello, quien decide estudiar una u otra cosa, procede más en razón de motivaciones subjetivas diversas, que de manera objetiva, y a partir del conocimiento de necesidades de la nación que es preciso satisfacer. La primera gran laguna que aquí se advierte es que, como sucede en otros campos falta una política educativa de largo plazo, que a partir de una seria evaluación de conjunto del problema, el proceso y el sistema educativo, sabiendo qué necesitamos en cada región y sector, establezca con claridad las metas, así como los medios y la organización con los cuales podamos alcanzarlas en plazos determinados que sea posible anticipar también. La ausencia de esa política entraña una grave limitación que afecta toda la vida nacional; esto es el desarrollo, la formación de personal, el nivel de preparación y, por tanto, de organización, posibilidades de empleo y condiciones de vida e incluso nuestra capacidad para impulsar el progreso de la ciencia y la tecnología.

El no saber con precisión qué es lo que realmente se necesita y qué lo que no se necesita, es sin duda una de las causas de que millares de egresados de los centros de estudios superiores no encuentren trabajo y a menudo tengan que ocuparse en actividades del todo ajenas a lo que estudiaron. Si se agrega que múltiples giros comerciales no demandan actualmente personal especialmente calificado y que la mayor parte de las universidades sufren cierto rezago en sus planes de estudios y métodos de enseñanza y aun se mantienen alejadas de la realidad, sus problemas y procesos centrales, todo ello contribuye a que numerosos universitarios no jueguen el papel que la sociedad les asigna, al menos convencionalmente y de palabra. Aun hoy día no son pocas las universidades en las que la formación teórica se descuida y a veces incluso se limita a disquisiciones abstractas y formalistas, en las que el instrumental con que se trabaja es insuficiente y ya anacrónico e incapaz de explicar y más todavía de dar respuesta a los cambios en marcha y a los nuevos retos que plantean. El solo hecho de que se trabaje con teorías tradicionales, algunas inaplicables, parecería indicar que no se comprende que requerimos de una educación para el cambio, no para preservar el viejo e inaceptable orden de cosas; una educación para la democracia y el desarrollo, y para que los jóvenes que acuden a las universidades no sólo escuchen y aprendan pasivamente sino que se preparen para dialogar y actuar, cobren conciencia de su responsabilidad, ejerzan sus derechos y reclamen participar en la toma de decisiones que más les afectan. Por desgracia, la tendencia desmedida a privatizar todo incluso la educación, se expresa hoy en una situación cada vez más precaria de las universidades públicas -que con frecuencia carecen de recursos para atender adecuadamente sus actividades fundamentales-, pese a que siguen siendo las que más pueden contribuir a la formación del personal que necesita el país para impulsar su desarrollo.

A la educación superior se vincula estrechamente la ciencia y la tecnología. Aunque algunos piensan que el fomento de la ciencia y su aplicación directa a la producción, a través de las nuevas tecnologías y formas de organización, rebasan a un país subdesarrollado como el nuestro, es indudable que si bien partimos de una posición débil que exhibe nuestro rezago ante los países más industrializados y poderosos, de ningún modo puede aceptarse que sólo esté a nuestro alcance importar tecnologías y familiarizarnos con su manejo. Los centros de estudios superiores,  y con ellos muchas otras instituciones tanto públicas como privadas, pueden y deben investigar, estudiar seria y sistemáticamente múltiples cuestiones, y en la medida en que ello se haga y en que se comprenda su importancia, nos moveremos ya en el campo de la ciencia y podremos pensar nosotros mismos.

La llamada fuga de cerebros, o sea el que numerosos profesionistas egresados de nuestras universidades, se vayan a Estados Unidos y otros países ricos a hacer estudios de posgrado, y a menudo a trabajar en altos niveles en centros de investigación prestigiados, comprueba que tenemos un potencial humano en las ciencias que sería erróneo menospreciar. Y desde luego, la labor de investigación que, pese a todas las limitaciones, callada y dignamente se realiza en nuestro país y que se expresa en trabajo académico, en publicaciones, encuentros y esfuerzos de cooperación internacional, deja constancia de que si se trabaja seriamente, en nuestro medio puede hacerse incluso mucho de aquello que algunos consideran imposible.

Las redes de que hablan los ponentes del coloquio sobre cooperación científico-tecnológica, que operan concretamente en Latinoamérica, son otro hecho alentador que también da cuenta de que si conjugamos esfuerzos con quienes en países hermanos trabajan en campos y ante problemas análogos (cooperación sur-sur, como dice Ana María Cetto), podremos avanzar mucho más que si permanecemos aislados y dispersos, o nos limitamos a imitar lo que se hace en las naciones ricas. Como dice el doctor Peimbert, el conocimiento es universal y tenemos que traerlo de donde lo haya, de todas partes. Pero no limitarnos desde luego a importar todo desde fuera, sino interesándonos también -y de preferencia- en crear, en investigar y poner a prueba nuestra capacidad, en impulsar el esfuerzo colectivo en la ciencia, en dedicar la educación, la ciencia y la tecnología a atacar problemas que hasta ahora no hemos resuelto y a mejorar y dignificar las condiciones de los millones de hombres y mujeres que viven en la marginación, la miseria y aun el abandono.

Avanzar en el camino de la ciencia y la tecnología en nuestros países es todo menos fácil. Nos falta tanto por hacer, que a veces las bases mismas sobre las que se sostiene nuestro esfuerzo son muy endebles e inadecuadas. Si algo no cabe aquí es la improvisación, la ligereza y el triunfalismo. Mas lo que es inaceptable es pensar que nada podemos hacer, y los hechos, por fortuna, lo demuestran. Aunque también es cierto que hay que levantar la mira, actuar sin demora y comprender que si bien en una sociedad consumista hay muchas cosas innecesarias, superfluas y de las que debiera prescindir la educación, la investigación y el desarrollo científico-tecnológico son inversiones fundamentales y actividades imprescindibles.

 

Alonso Aguilar Monteverde

 

 

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