Asociación por la Unidad de Nuestra América

 

 

Terrorismo, Soberanía y Democracia *

 

Después del atentado terrorista sufrido por Estados Unidos el 11 de septiembre último, se multiplicaron las manifestaciones de solidaridad hacia el pueblo norteamericano. Mas lo ocurrido a partir de entonces y en particular la respuesta del gobierno del presidente de Estados Unidos, George W. Bush, lejos de restablecer la tranquilidad y la confianza, ha sido causa de inquietud y crecientes temores.

Nadie discute el derecho de Estados Unidos a reclamar que se castigue severamente a los culpables y a quienes los apoyaron de diversas maneras. Lo que se cuestiona y rechaza es que el gobierno de ese país pretenda hacerse justicia por su propia mano, responda al terrorismo con acciones ilegales, violentas, y aun terroristas también, desate una cruenta e innecesaria guerra contra un país cuya responsabilidad en el crimen no ha sido comprobada, amenace gravemente con acciones armadas a otros y sostenga que sólo él representa el bien, y que quien no esté de su lado estará con los terroristas.

El terrorismo no es nuevo. Se remonta inclusive a un pasado remoto, y tan sólo en decenios recientes se expresa sobre todo bajo regímenes autoritarios. Terrorista fue, por ejemplo, el golpe de estado pinochetista que derrocó el gobierno constitucional y acabó con la vida del presidente Salvador Allende en Chile; terrorista fue la “desaparición” –y en gran medida el asesinato– de decenas de miles de hombres y mujeres bajo la dictadura militar argentina, y terroristas fueron también las persecuciones antidemocráticas del macartismo, los crímenes del Klu Klux Klan y no pocas acciones de la Gestapo, la CIA y los cuerpos de “inteligencia” de otros países, que a menudo procedieron al margen de la ley y violaron derechos humanos esenciales.

Todo ello deja ver que si bien es necesario combatir el terrorismo, para hacerlo con éxito es preciso saber en qué consiste. Lo primero que es preciso establecer con claridad es que el terrorismo es una acción criminal que puede registrarse en las condiciones más diversas y bajo los más diferentes sistemas políticos. Y tan importante como saber qué es el terrorismo es entender qué acciones, inclusive armadas, no son terroristas. En lo que hace, por ejemplo, a nuestra propia historia sería del todo inaceptable considerar terroristas a quienes, por vías revolucionarias lucharon por la libertad e independencia de México, esto es a Hidalgo, Morelos, Guerrero y tantos otros que dieron su vida por liberar a nuestro país del coloniaje; a Juárez, Ocampo y los liberales que se enfrentaron al gobierno tiránico y corrupto de Santa Anna, primero, después a quienes quisieron imponer en el gobierno a un príncipe extranjero, y más tarde a quienes como Villa y Zapata, Obregón y Carranza combatieron contra la dictadura porfirista, y el crimen –éste sí terrorista– del usurpador Huerta contra Madero, Pino Suárez y el orden legal republicano.

En regímenes antidemocráticos es frecuente inclusive que se califique como “terrorista” a quien mantiene posiciones críticas del gobierno en turno, de ciertas políticas y sobre todo del orden social imperante. Lo que recuerda las sabias palabras de Benjamin Franklin –citado hace unos días por Eduardo Galeano–: “Quien desconfía de la libertad en nombre de la seguridad, no merece la libertad ni la seguridad”. (La Jornada, 2 de noviembre, p. 8).

En México hay amplio acuerdo en torno a la solidaridad que a estas horas se debe al pueblo de Estados Unidos. Lo que en cambio desconcierta, suscita explicables dudas y aun es rechazado por muchos es la posición del presidente Fox, quien por un lado ha sostenido que el apoyo a la política del gobierno de Bush será “incondicional”, y por el otro, al defender en días pasados la política exterior de su gobierno, declaró que algunos no comprenden que la relación de México con Estados Unidos no es ya sólo “una relación diplomática” sino una “sociedad estratégica”, sin aclarar cuándo y cómo se estableció esa sociedad, sobre qué bases descansa, en qué dirección se desenvuelve, qué derechos y obligaciones nos reserva y por qué no fue puesta a consideración y, en su caso, aprobada por el Senado. Y lo que parece especialmente grave es que, no teniendo nuestro país una estrategia de desarrollo a largo plazo bien definida que promueva y fortalezca la integración y la unidad latinoamericana y caribeña, sí la tenga supuesta o realmente, en cambio, en su relación con el poderoso vecino del norte.

México, desde hace tiempo, depende cada vez más de Estados Unidos. Pero aunque la débil y antinacional política, sobre todo de los últimos tres gobiernos contribuyó a acentuar esa dependencia, la posición del actual parece ser incluso más débil, complaciente e inaceptable.

Lo que a estas horas requiere el mundo no es otra guerra, más violencia, nuevas acciones terroristas y más destrucción y muerte. Lo que se necesita es consolidar la paz, una paz justa, duradera y digna, que respete el derecho internacional, los derechos humanos y contribuya a crear un nuevo orden jurídico mundial. Y aparte de ciertas libertades democráticas y derechos individuales –ahora en peligro–, en el caso particular de México son fundamentales también derechos colectivos que suelen menospreciarse y, sobre todo la autodeterminación y soberanía del pueblo, pues de su pleno ejercicio depende nuestra libertad e independencia.

 

México, D.F., octubre 15 de 2001.

 

Alonso Aguilar Monteverde, Enrique Andrade, Sol Arguedas, Guadalupe Barajas, Rodolfo Barona, Ángel Bassols Batalla, Laura Becerra, Laura Bolaños, Enrique Brito, Antonia Candela, Cuauhtémoc Cárdenas Solorzano, Ana María Cetto, Miguel Concha, Atlántida Coll, Marcos Crestani, Luis de la Peña, Carmen Galindo, Magdalena Galindo, Arturo García Bustos, Julián Gascón Mercado, Aída Gómez, María Elena González de Ángulo, Antonio González Ángulo, Rodolfo González Guevara, Agustín González, Luis González Souza, María Guerra, Jesús Hernández Garibay, Mauro Jiménez Lazcano, Horacio Labastida, Ana I. Mariño, Gastón Martínez, Margara Millán, Esperanza Nacif, María O’Higgins, Lucio Oliver, Isaac Palacios Solano, Ana Francisca Palomera, Laura Palomares, Fernando Paz Sánchez, Berenice Ramírez, Guadalupe Rivera Marín, María Elena Rodríguez Ozán, Héctor Roldán, Amalia Solórzano de Cárdenas, Agustín Soto, Luis Suárez, Elena Urrutia, Carlos Véjar Pérez-Rubio, Leopoldo Zea.

 

 

* El presente texto, que recoge opiniones y sugerencias de varias personas, circuló como Declaración tanto de algunos miembros de AUNA México como de otros mexicanos vinculados a diversas organizaciones.

 

 

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