Asociación por la Unidad de Nuestra América

 

 

El Papel de la Educación y la Cultura en el Proceso

de Integración de América Latina y el Caribe

Declaración de AUNA México

México, noviembre de 2000

 

El proceso de globalización que vive hoy el mundo ha puesto en cuestionamiento, como nunca antes, la soberanía y aun la permanencia de algunas naciones como entidades autónomas. Si en el mundo en su conjunto el abatimiento de las fronteras económicas puede determinar la paulatina disolución de las fronteras políticas, en América Latina el peligro es mayor por la obvia desigualdad entre la potencia hegemónica del continente y nuestras naciones. En este panorama, la cultura ocupa un papel estratégico, porque es en el terreno de la cultura donde se despliega la identidad nacional y, en consecuencia, a través de la afirmación cultural puede preservarse la existencia de la Nación. La conciencia de esta realidad es hoy más necesaria, porque los medios masivos de comunicación juegan un papel cada vez más importante en la vida social y cotidiana, y a través de ellos se difunden los valores económicos, políticos e ideológicos del neoliberalismo y, desde luego, valores y prácticas que, provenientes de las metrópolis, tienden a desdibujar la identidad y a someter a un mismo patrón, el del consumismo y el mercado, las expresiones culturales.

La identidad y la cultura de los pueblos no tienen que asociarse al aislamiento de otras culturas, ni deben confundirse con la defensa de las tradiciones. La cultura e identidad nacionales son fenómenos en contínuo devenir, no estáticos sino como el hombre mismo, históricos.

A contracorriente de la tendencia dominante hacia la globalización, existe un reconocimiento cada vez mayor de la pluralidad cultural que se manifiesta en tan diversas expresiones como las demandas indígenas, las reivindicaciones regionales e incluso en las luchas autonómicas o la defensa de lenguas minoritarias. Estas diferencias, en vez de ser soslayadas, deben conducir a reflexionar en que América Latina es una encrucijada de las culturas del mundo, porque aquí se dan cita las de los grandes pueblos prehispánicos, la de los europeos traída con la Colonia, la de los africanos que viajó con el tráfico de esclavos y la de Asia, de India, Líbano o China, por mencionar algunas al azar, que llegaron por circunstancias particulares, y que al fusionarse de diversas maneras, han creado una cultura diferente.

Otra fuente de diversidad proviene directamente de la desigualdad social. La cada vez más profunda diferencia entre países pobres y ricos, se continúa en el interior de cada nación, donde las culturas de los barrios o de las etnias –formas de vestir, de comer, de ocupar el tiempo libre e incluso de comprender el mundo– parecen pertenecer a mundos distintos. De igual modo, las llamadas estrategias de sobrevivencia de la economía informal aportan comportamientos culturales nuevos y lo mismo sucede con los trabajadores migratorios que se insertan en culturas diferentes a la suya, en una época principalmente rural, y hoy, cada vez más urbana.

Hay que destacar, sin embargo, que al lado de las diferencias nacionales y la pluralidad interna, los países de América Latina y el Caribe compartimos una historia y un destino, que se expresan precisamente en una hermandad cultural. De este modo, puede afirmarse que la cultura se convierte en una trinchera privilegiada por dos vías. Una, porque ante la globalización –y la mundialización del capital que subyace a ella– es la principal línea de defensa; otra, porque es sobre todo en el ámbito de la cultura donde se manifiesta con mayor claridad la comunidad y por lo tanto la confluencia de intereses de los países latinoamericanos y caribeños, que nuestros pueblos hacen valer, de diversas maneras.

Es ineludible reconocer, sin embargo, que a pesar de este carácter estratégico, la educación y en especial la cultura han recibido tradicionalmente un apoyo insuficiente por parte de los gobiernos de la región. Una batalla inmediata, pues, será la que se organice alrededor de otorgar un mayor presupuesto a estos fines. Aumentar la matrícula escolar debe ser una demanda que provenga de todos los ámbitos y no sólo del académico. Y apoyarse mutuamente, la condición para que juntos podamos hacer lo que aislados y dispersos no podremos.

Pero no se trata sólo de recursos económicos. Lo más importante frente a las consignas neoliberales es colocar no al mercado, sino al hombre en el centro del proceso educativo y civilizatorio. También es crucial, para avanzar en la integración latinoamericana, que los programas educativos, desde la escuela primaria, incluyan el conocimiento básico de nuestra historia, así como de nuestras condiciones actuales, problemas y anhelos comunes. Y que no sólo se cambie y enriquezca el contenido de los programas sino los métodos pedagógicos, pues si éstos siguen siendo autoritarios y no participativos, persistirá el peligro de “adoctrinar” de nuevo, sin crear una verdadera conciencia crítica.

La unidad de Nuestra América puede impulsarse en el futuro inmediato con el acercamiento, intercambio de experiencias y acciones comunes de las organizaciones sindicales de profesores y trabajadores de la educación, así como de asociaciones de universidades, de científicos, artistas y profesionales. Se trata, pues, de fortalecer el tejido social de la comunidad latinoamericana y caribeña por medio de la multiplicación de los hilos –de las relaciones– que lo forman.

En esta tarea, al inicio del nuevo milenio disponemos de los medios que han acompañado a la globalización, y que no sólo facilitan la información y la comunicación sino que generan nuevas formas de intercambio y de actividad cultural. Parece indispensable el uso de la internet, el correo electrónico, la multimedia, las ediciones de textos, incluso libros, filmes e información visual en discos compactos, formas todas que facilitan y abaratan la comunicación e intercambio entre instituciones, organizaciones y personas.

Los medios de comunicación, pioneros en el proceso de la globalidad, pueden ser utilizados para difundir la diversidad cultural y sobre todo para la educación a distancia que ya sirve como multiplicador de aulas y maestros para las regiones más inaccesibles. Sin olvidar la posibilidad real de las teleconferencias que ponen al alcance de la mano el intercambio de ideas entre académicos, intelectuales, artistas y científicos de la región. El español, por ser la lengua dominante, puede servir como puente de unión para impulsar las tareas educativas y en particular editoriales del subcontinente, sin que ello implique excluir otras lenguas usadas en la región.

En resumen, la integración cultural de América Latina y el Caribe en este momento histórico es una tarea impostergable, porque de ella depende el fortalecimiento de nuestra identidad y aun la sobrevivencia de nuestras naciones como entidades autónomas y soberanas. Pero, entiéndase bien. Si dejamos que las cosas sigan como van, la inercia y la rutina impedirán, a menudo, que se avance. En cambio, si se despliega un esfuerzo conjunto, a partir de la convicción de que pese a las dificultades y obstáculos, podemos defender nuestros más legítimos intereses y hacer todo mejor, el siglo que ahora se abre puede ser el que permita a la comunidad latinoamericana y caribeña, organizarse, unirse y hacerse oír y respetar.

 

Por AUNA-México:

Guadalupe Acevedo, Alonso Aguilar Monteverde, Ofelia Alfaro, Miguel Alvarez Gándara, Oscar Alzaga, Enrique Andrade, Sol Arguedas, Bernardo Bátiz, Laura Becerra, Laura Bolaños, Laura Bosques, Enrique Brito, Gerardo Cantú, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Fernando Carmona de la Peña, Ana María Cetto, Miguel Concha, Atlántida Coll, Marcos Crestani, Roberto Dávila, Luis de la Peña, Raúl Delgado Wise, Ignacio Díaz Ruiz, Alfredo Domínguez, Jorge Fons, Carmen Galindo, Magdalena Galindo, Arturo García Bustos, Julián Gascón Mercado, Gerardo Gil Valdivia, Aída Gómez, Rodolfo González Guevara, Agustín González Mendoza, Jesús González Schmal, Juan González Souza, Luis González Souza, Jesús Hernández Garibay, Mauro Jiménez Lazcano, Clara Jusidman, Horacio Labastida, Bertha Luján, Mario Magallón, Héctor Magaña Vargas, Ana I. Mariño, David Márquez Ayala, Luis Eduardo Martínez, Gastón Martínez Rivera, Jorge Meléndez Preciado, Josefina Morales, Bernardo Muñoz Riverohl, Esperanza Nacif, Carlos Núñez Hurtado, Lucio Oliver Costilla, Arturo Ortiz Wadgymar, Isaac Palacios Solano, Ana Francisca Palomera, Fernando Paz Sánchez, Manuel Peimbert Sierra, Juan Ramírez, Lorena Reyes, Guadalupe Rivera Marín, Mª Elena Rodríguez Ozán, Héctor Roldán, Feodora Rosenzweig Díaz, Alejandro Sobarzo, Amalia Solórzano de Cárdenas, Luis Suárez, Elena Urrutia, Carlos Véjar Pérez-Rubio, Elio Villaseñor, Abelardo Villegas, Alfredo Zalce, Leopoldo Zea.

        

Colaboradores Especiales en Asuntos Latinoamericanos:

Sergio Bagú (Argentina), José Luis Balcárcel (Guatemala), Susy Castor (Haití), José Consuegra Higgins (Colombia), Sara Beatriz Guardia (Perú), Liliam Jiménez (El Salvador), Rina Lazo (Guatemala), D.F. Maza Zavala (Venezuela), Mario Miranda (Bolivia), José Moncada (Ecuador), Gérard Pierre-Charles (Haití), Oscar Pino Santos (Cuba), Laurette Séjourné (Francia), Martha Ventura vda. de Selser (Argentina), Jorge Turner (Panamá).

 

 

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