Asociación por la Unidad de Nuestra América

 

Por la Integración de México, Centroamérica y El Caribe *

 

Recientemente, con motivo de la aprobación del Tratado de Libre Comercio entre México y tres países de Centroamérica, de la Cuarta reunión del Grupo de Tuxtla, y en las últimas semanas, la promoción del Plan Puebla-Panamá del presidente Vicente Fox, se ha hablado con frecuencia de la necesidad de impulsar la integración de México con esos países. Sin menospreciar lo que al respecto se ha hecho, pensamos que todavía es mucho lo que falta por hacer.

México, América Central y el Caribe forman parte de una misma región; y aunque algunos países del Caribe no hablan español, sin duda es muy importante lo que sobre todo México, Cuba, la República Dominicana e incluso Puerto Rico, que para nosotros es también un país hermano, tienen en común en cuanto a historia, economía y cultura. No obstante, a México suelen verlo en la región como un país que se interesa más en los Estados Unidos y en otras naciones que en sus vecinos, propiamente hermanos. Y en nuestro país tiende a menospreciarse a Centroamérica y el Caribe, en parte porque son naciones en general pequeñas con economías débiles y un comercio exterior todavía escasamente diversificado, que no atrae en forma especial a compradores ni vendedores.

Esa visión es estrecha y errónea. El libre comercio entre México y Centroamérica y el Caribe, como lo ha hecho ya el de nuestro país con Costa Rica, Colombia y Venezuela, y esperamos que pronto con otros países, seguramente contribuirá a un mayor intercambio comercial y al acercamiento en otros campos. Y quedarnos ahí significaría desaprovechar el potencial de recursos que una verdadera integración regional contribuiría a movilizar.

En el globalizado mundo de nuestros días muchos piensan que la integración Latinoamericana y Caribeña es ya imposible, porque las fuerzas que nos fragmentan y dispersan son más poderosas que aquellas que favorecen nuestra unidad. Otros, en cambio, aun reconociendo que podemos conjugar esfuerzos para atacar problemas comunes, consideran que nuestra acción será débil y no alterará el estado actual de cosas.

Hoy se habla bastante de la integración regional, mas lo cierto es que a menudo no queda claro en qué consiste y cómo lograrla. La integración no es un acto aislado sino un proceso, un complejo y acaso largo proceso multidimensional en el que a cada uno de los países participantes corresponde hacer lo que esté a su alcance.

El libre comercio puede contribuir a promover el intercambio y a cambiar favorablemente la composición, sobre todo de las exportaciones. Pero la integración regional va más lejos y consiste fundamentalmente en conjugar esfuerzos para lograr un mayor y mejor desarrollo, lo que quiere decir modernizar la infraestructura productiva, llevar la industrialización a planos superiores, elevar y reorientar la inversión, preparar conjuntamente a la fuerza de trabajo necesaria, apoyarse para introducir nuevas tecnologías, promover el turismo hacia toda la región, asociarse o aliarse en ciertos proyectos a partir de coinversiones significativas, ayudarse para facilitar el acceso a mercados financieros internacionales y, sin perjuicio de todo ello incluso tratar que el capital extranjero afluya a nuestras economías no sólo con el propósito de ganar más dinero y llevarse mucho más de lo que invirtió, sino de ayudar realmente a promover el desarrollo.

Y así como la integración no se limita a lo económico, el desarrollo tampoco se reduce a ello sino que es un proceso social de gran alcance, en el que lo humano es lo más importante, es decir, que el pueblo sea no un objeto sino el eje y actor principal cuya libertad, bienestar, trato justo y participación real en la toma de decisiones, definan si hay o no una genuina democracia.

Lo anterior, con ser muy importante no incluye lo propiamente cultural, que a menudo es el mayor activo de que disponemos y por tanto parte esencial del potencial de recursos. Lo que nuestros países tienen de común en historia, raíces, idioma, organización social y política, educación, ideas, credos religiosos, costumbres, aspiraciones, problemas y cultura en general, debiera ayudar a conocernos mejor, a saber en qué somos semejantes y en qué diferentes, a afirmar nuestra identidad, a elevar los niveles de escolaridad y capacitación, a sumar fuerzas y hacer juntos lo que separados y dispersos no podremos ya acometer con éxito.

Acaso lo más importante en el frente cultural es que cobremos conciencia de que no es menospreciando lo propio e imitando lo que otros hacen como saldremos adelante. Por el contrario, si a pesar de nuestras insuficiencias, limitaciones y fallas trabajamos seriamente, desplegamos la iniciativa de que somos capaces, nos organizamos, unimos y rechazamos la falsa idea de que lo que hoy se hace es lo mejor y aún lo único posible, empezaremos a abrir los nuevos caminos que realmente nos permitan progresar y asegurar mejores condiciones de trabajo y un nivel de vida digno para todos.

Abrir esos nuevos caminos no es desde luego fácil, y no lo lograremos si dejamos que lo haga de manera espontánea el mercado. El esfuerzo conjunto que despleguemos será nuestra principal arma, lo que quiere decir que los países participantes son corresponsables y que no sólo cada gobierno sino cada ciudadano debe comprender que su acción es necesaria e importante. Estamos, pues, ante un reto que seguramente pondrá a prueba nuestra capacidad. Y las dificultades y riesgos no terminan ahí.

La integración de México con Centroamérica y el Caribe plantea serios problemas. El que en conjunto sean países subdesarrollados los que intentan unirse, entraña limitaciones; pero si nuestras modestas naciones tienen claro lo que pretenden, se unen y utilizan mejor sus recursos, serán ellas las que más puedan hacer para resolver sus problemas. México, en ciertas actividades es quien más puede aportar, y desde luego no debiera obtener ventajas unilaterales y hacer lo que critica a las grandes potencias, sino cooperar realmente con las naciones hermanas en busca de avances que beneficien a todos, y el Plan Puebla-Panamá (PPP) no debiera significar que nuestro país concibe y limita la integración con Centroamérica al concurso de las entidades mexicanas del sur-sureste, que en general son las de menor desarrollo. Todo lo que en conjunto pueda México ofrecer para impulsar la integración regional, y para que Centroamérica obtenga beneficios no menores que los de nuestro país, debiera ponerse en juego, y desde luego, el Plan tampoco debiera resultar un expediente de visión maquiladora, conforme al cual la región Puebla-Panamá sólo ofrezca mano de obra barata al capital trasnacional, y éste sea el que en realidad decida lo que se haga, los pueblos indios de la región sigan siendo explotados, despojados, discriminados y pobres, y en vez de que avancemos hacia la independencia, a la postre se acentúe y profundice nuestra subordinación a los Estados Unidos. Algunos piensan incluso que el PPP, más que una iniciativa mexicana es una expresión del propósito del presidente Bush de conformar cuanto antes el Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA), es decir un mercado hemisférico que incorpore a todos los países del continente, con la sola exclusión de Cuba, en detrimento de una verdadera integración regional de Nuestra América. Nosotros, en cambio, pensamos que para México esta integración es necesaria, y que en su relación con el Caribe debiera tener muy presente a Cuba, tanto por la importancia de la Isla en la zona, como porque nuestra relación con ella ha sido tradicionalmente amistosa.

El que Cuba tenga una organización social distinta a la de los demás países del continente expresa su derecho, igual al de todos los pueblos, a elegir el sistema que prefiera. El que no se esté de acuerdo con él no autoriza a rechazarlo y menos a considerar, como lo hizo la OEA al triunfo de la revolución cubana, que la Cuba revolucionaria es “incompatible” con la democracia. Los mexicanos sabemos, porque lo vivimos durante la revolución iniciada en nuestro país en 1910, que lo que algunos creen incompatible con la democracia es el derecho de autodeterminación y sobre todo una revolución. Tan es así que la Cuba de Batista, el México de la dictadura porfiriana y regímenes profundamente antidemocráticos y dictatoriales de Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Haití, la República Dominicana, Venezuela, Paraguay  y otros países, nunca se consideraron incompatibles con la democracia.

Hoy se reconoce a menudo que la integración regional se ha vuelto condición del desarrollo. Lo que quizás hacer falta subrayar es que el desarrollo, a su vez, es asimismo necesario para impulsar la integración, y requiere una política e inclusive una estrategia que permitan hacer crecer y usar mejor todos los recursos, empezando con los humanos. El error de los neoliberales consiste en creer que el mercado, por si solo, asignará esos recursos racionalmente, lo que en realidad nunca ha sido así. La integración y el desarrollo regionales reclaman que una y otro se promuevan, en primer lugar desde el seno mismo de cada país, lo que demuestra que incluso bajo la globalización, los esfuerzos propiamente nacionales siguen siendo no sólo necesarios sino fundamentales. Y, a propósito concretamente del Plan Puebla-Panamá, que al parecer se extenderá hasta Colombia y Venezuela y según se dice permitirá realizar de inmediato cuantiosas inversiones y poner en marcha un proyecto de coordinación energética, sin duda es muy importante saber con precisión en qué consistirá el compromiso y el aporte de México y de los países centroamericanos, cómo se proponen actuar para promover el desarrollo y fortalecer la integración subregional y qué política se adoptará para lograr la cooperación del capital trasnacional. Mientras todo ello no se aclare, se advertirán explicablemente reservas, dudas y opiniones no sólo distintas sino encontradas. Los gobiernos involucrados en el PPP, tienen la palabra.

 

México D.F., mayo de 2001

 

Por AUNA-México:

Ma. Guadalupe Acevedo, Alonso Aguilar Monteverde, Lidia Aguilar-Bryan, Ofelia Alfaro, Miguel Alvarez Gándara, Enrique Andrade, Sol Arguedas, Graciela Arroyo, Angel Bassols Batalla, Laura Becerra, Alberto Beltrán, Laura Bolaños, Laura Bosques, Cuauhtémoc Cárdenas S., Gerardo Cantú, Fernando Carmona de la Peña, Ana Mª Cetto, Miguel Concha, Marcos Crestani, Roberto Dávila, Luis de la Peña, Raúl Delgado Wise, Alfredo Domínguez, Jorge Fons, Carmen Galindo, Magdalena Galindo, Arturo García Bustos, Lamberto García Zapata, Julián Gazcón Mercado, Aída Gómez, Rodolfo González Guevara, Agustín González, Jesús González Schmal, Luis González Souza, María Guerra, Jesús Hernández Garibay, Mauro Jiménez Lazcano, Horacio Labastida, Ana I. Mariño, Héctor Magaña, Gastón Martínez, Luis Eduardo Martínez, Julio A. Millán Bojalil, Manuel Monreal, Josefina Morales, Esperanza Nacif, Carlos Núñez Hurtado, Arturo Ortiz Wadgymar, Isaac F. Palacios, Ana Francisca Palomera, Fernando Paz Sánchez, Manuel Peimbert, Juan Ramírez, Héctor Reyes Lara,  Guadalupe Rivera Marín, Mª Elena Rodríguez Ozán, Héctor Roldán, Alejandra Salas-Porras, Feodora Rosenzweig, Amalia Solórzano de Cárdenas, Luis Suárez, Jorge Tamayo, Elena Urrutia, Elio Villaseñor, Abelardo Villegas, Alfredo Zalce, Leopoldo Zea.

Colaboradores Especiales en Asuntos Latinoamericanos:

Sergio Bagú (Argentina), José Luis Balcárcel (Guatemala), Susy Castor (Haití), José Consuegra Higgins (Colombia), Mercedes Durand (El Salvador), Jaime Estay (Chile), Sara Beatriz Guardia (Perú), Alfredo Guerra-Borges (Guatemala), Liliam Jiménez (El Salvador), Rina Lazo (Guatemala), D.F. Maza Zavala (Venezuela), Mario Miranda (Bolivia), Frida Modak (Chile), José Moncada (Ecuador), Gérard Pierre-Charles (Haití), Oscar Pino Santos (Cuba), Laurette Séjourné (Francia), Martha Ventura viuda de Selser (Argentina), Jorge Turner (Panamá).

 

* Declaración de AUNA México                 

 

 

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